"Cuando
uno extraña un lugar,
lo que
realmente extraña es la
época que
corresponde a ese lugar;
no se
extrañan los sitios, sino los
tiempos" Jorge
Luis Borges
INTRODUCCIÓN
Al contar
mis memorias, no tengo otra finalidad que relatar hechos ocurridos en mi
querido Barrio San Martín, desde que tengo uso de razón (si es que alguna vez
la tuve). De manera que no voy a contarles “mi vida”, sino
simplemente recordar a aquellas personas que dejaron en mi memoria el más grato
recuerdo de mi infancia y gran parte de mi adolescencia. A ellos, con los que
compartí momentos que marcaron mi vida, con todo mi afecto.
Comenzaré
en la década del 50, para luego ir avanzando lentamente a medida que mi memoria
recuerde los acontecimientos... Hay que tener en cuenta que pasaron muchos años
y que tal vez preserve en mi memoria los hechos tal cual los captó mi mente
infantil.
El barrio y los vecinos
El “San Martín” se caracterizó por ser un barrio obrero, donde residían familias desde el más vernáculo origen criollo hasta las más variadas corrientes migratorias. De esas comunidades, sin lugar a duda, la italiana era la más numerosa. Después le seguía la española y luego una sarta de pequeños grupos de portugueses, irlandeses o ingleses (daba lo mismo), árabes (mal llamados turcos), algunos alemanes, varios polacos, (erróneamente catalogados rusos) y alguno que otro vasco o catalán, más una bandada de eslavos, a quienes llamábamos austriacos. Cada cual, cargando su karma de costumbres y ritos ancestrales, cuyas prácticas delataban el contraste entre ellas. Cómo no recordar a los Actis, Albizú, Anchutz, Andreotti, Antonelli, Akel, Arduino, Armenti, Armesto, Arnolfo, Arregui, Balangero, Baldenebro, Barrionuevo, Barroso, Beluardi, Benitez, Bertozzi, Bogliani, Boglione, Bonfanti (el Negro Truant), Bressan, Britos, Bulaich, Bulatovich, Burgos, Busandri (Juanin), Busso/Renedo, Bustos, Cabarcos, Cachari, Calcagni, Camillatto, Cañón, Capuchinelli, Carpio, Carrasco, Casaponsa, Castellano, Castro, Cavana, Cerutti (Serutti), Cerviño, Chavarri, Colman, Colussi, Contreras, Cum, Daix, Dellaqua, Delpícolo, Díaz, Di Benedetto, Diz, Dotto (el marlero), Dragichevich, Favoretto, Fernández/Busso, For, Gaia, Galaci, Galván, Gándara, Gardeñes, Goryl, Grasso, Guerra, Gusella, Hermann, Hollmann, Inochea, Iturbide, Jové, Lapenta, Leon, Leone, Leontiuk, Liboa, Litardo, Ludueña, Luiz, Madernas, Marchisio, Martín, Mastrogiovanni, Meléndez, Melnyk, Mira, Moia, Molla, Molina (Doña Rosa la Portera), Noberini, Nolan, Origlia, Ottaviani, Pagnoni, Pássera, Pastrana, Pavlovic, Pedrola, Pejkovic, Petrizak, Pettarín, Piedrabuena, Pietraccini, Ponce de León, Ponce, Quiroga, Raczkowski, Ramirez, Rebagliatti/Busso, Rodriguez (el tropero y “Yiyo” su entenado), Lauro Rodriguez (camionero de Molinos Fenix), Roldán, Ruedi, Sáez, Salvador (Doña María curandera), Santone, Sausmann, Serruti, Sarrías, Sokolik, Stizza, Taverna, Tintes, Tomeo, Tossi, Touma, Valentín, Valoppi, Varela, Verdún, Vaz, Villafaña, Villegas, Vivas, Wallace, Waltón, que se caracterizaba por su buen humor que trasmitía con su risa sincera y contagiosa; Zane, San Esteban (carnicero) y San Martín, el petiso de crines largas muy poco aseadas, que no se sacaba la gorra visera ni para dormir y vivía en un cubículo de chapas en la esquina de Chile y Alem, cerca de Don Ponce, donde luego se instaló la carnicería de Ángel Pagnoni. A fines de octubre las retamas florecían y se formaba un gran matorral que tapaba la casilla del petiso, y la gente iba a buscarlas para llevarlas al cementerio. No había florero o corona fúnebre que no tuviera retamas, un arbusto prácticamente extinguido.
Calma
En ese tiempo
el barrio era un oasis; mañanas silenciosas y apacibles; prácticamente no había
tráfico, salvo el carro del lechero, panadero o verdulero, que ofrecía su
mercancía a domicilio y se percibían los aromas de las verduras frescas, recién
cosechadas. Entre ellos recuerdo a don Medei y a don Ponce. Bien entrada la
noche, especialmente en invierno, era muy común escuchar el chifle de la
policía que patrullaba el barrio, estaban de rondín, y se comunicaban entre uno
y otro en clave. Uno avanzaba por calle Estados Unidos (hoy presidente Perón) y
el otro por Chile hacia la ruta 8 y regresaban por Uruguay e Inglaterra (hoy 2
de abril).
La Alem
siempre fue una avenida muy ancha, por lo que existe una brecha amplia entre la
línea de edificación y el cordón cuneta, lo que en aquellos tiempos era mucho
mayor por cuanto no había pavimento y no existía el cantero central. Su
dimensión se debe a que antiguamente era el ingreso al pueblo antes de que
existiera la Ruta Nacional N.º 8.
El alboroto
en el barrio comenzaba a eso de la una de la tarde, cuando todos los pibes nos
juntábamos en la esquina de la canchita de fútbol que armamos en el baldío de
Alem y Uruguay. Pero esa reunión duraba hasta las dos menos diez, horario en
que el galpón de máquinas del ferrocarril hacía sonar su silbato anunciando que
faltaban diez minutos para comenzar a trabajar. En ese momento la tertulia se
suspendía hasta la tardecita, oportunidad en la que volvíamos a reunirnos para
jugar al fútbol. Esos eran los únicos momentos en que se oían voces y
ruidos, salvo los que se originaban de vez en cuando en el conventillo de
los “Maderna”, donde algún empeludado podía alterar la quietud
siestera. Pero eso acontecía con más frecuencia en horas nocturnas.
Inmigración tardía, avalancha tana
En la década
del 50 llegó una tracalada de italianos que se afincó en nuestro barrio. La
primera casa que se construyó en el baldío que había en la esquina sur de Alem
y Chile, (donde hoy está la despensa Cañón) fue la de don Augusto Galassi. En
esa esquina vivían don Giuseppe y doña Albina, en un ranchito rodeado de
verduras y legumbres. La familia de don Augusto Galassi, de profesión
carpintero, estaba compuesta por el matrimonio y un hijo: Nino, con quien todos
los pibes del barrio queríamos entablar amistad por su exótico acento italiano.
Nos resultaba divertido y agradable escucharlo hablar.
Años más
tarde el matrimonio Galassi tuvo una hija: Rossana, que contrajo matrimonio con
Walter Amaya, hijo del recordado periodista del diario “El Alba”, famoso
por tener la página “Diciendo Cosas” de chimentos variados,
que todos esperábamos con ansias para enterarnos de los entretelones políticos
de la naciente democracia de 1983.
Los Galassi
se integraron muy pronto a la comunidad barrial y mi viejo (que siempre andaba haciendo
trabajos de carpintería) entabló una buena relación con don Augusto, que como
queda explícito, fue una persona muy apreciada en todo el barrio. Hago esta
acotación por lo que relataré más adelante.
Don Augusto
compró un terreno en calle 3 de febrero al 340 y construyó un galpón donde
instaló su carpintería. Años más tarde Teodoro Sarrias, lustrador de muebles,
compró el inmueble. Don Augusto era muy buen carpintero.
En la
década del 80, todavía continuaba haciendo trabajos menores de carpintería. Hay
unas fotografías antiguas en el Concejo Municipal (no sé si existirán todavía)
cuyos marcos fueron fabricados por él, por encargo de su hijo que había
revelado en color sepia, fotografías antiguas que habíamos tomado de los
archivos, más otras aportadas por Rodolfo “Cacho” Delahanty.
Nino
Galassi comenzó a trabajar en el estudio fotográfico de Eduardo Valcovik, más
conocido por “Foto Edo” de calle San Martín entre Roca e
Iturraspe, donde aprendió el arte fotográfico junto a Rosales que se encargaba
de los revelados. Cuando Valcovik se fue a vivir a Cosquín (Cba), les vendió el
estudio a sus empleados quienes posteriormente se instalaron en calle Mitre,
casi San Martín.
Nino
contrajo matrimonio con María Angélica Pagella. Inesperadamente falleció muy
joven. No creo que haya tenido más de 50 años. Unos años después falleció
Rosales y el tradicional estudio fotográfico “Edo” cerró sus
puertas definitivamente.
El secreto de la valija
Cada dos
por tres se iban sumando más inmigrantes italianos, que eran bien recibidos por
el vecindario. Un día llegó un tano con su mujer e hijo, vecino de los Galassi
en Italia. Cuando llegó fue a lo de su compatriota en busca de trabajo, y don
Galassi, condescendiente con su paisano, lo empleó en la carpintería y fue
garante del alquiler de la casa donde se instaló.
La casa que
alquiló el nuevo inmigrante pertenece al señor Moreno y está ubicada sobre
avenida Alem, entre Chile y Uruguay. Esa casa fue construida por don Juan
Pérez, un solterón huraño y de pocas pulgas, en el baldío del antiguo
conventillo que fue derrumbado en la década del 50. Moreno compró la casa
cuando vino a vivir a Venado Tuerto procedente de San Eduardo y diría que no la
habitó, porque inmediatamente lo contrataron de la estancia San Marcos, y allá
fue a trabajar por cuanto tenía vivienda y sus hijos podían concurrir a la
escuela del paraje. Entonces decidió alquilar su casa al flamante vecino del
barrio, y como dije antes, con el aval de don Augusto Galassi.
El tano, de
apellido Murattore, era una persona joven, pero mucho más lo era su esposa. Una
hermosa morocha natural de Cerdeña que vestía prendas de colores vivos y unos
aros muy grandes que le daban el aspecto más de española que de italiana;
aunque tengo entendido que los sardos son más bien morenos. Sea como fuere, la
mujer era muy atractiva y había alborotado a los muchachos del barrio.
Un hecho
anecdótico que recuerdo con nitidez sucedió en el invierno del año 1958, a eso
de las 9 de la mañana cuando observé desde mi casa, que el niño de los
Murattore estaba castigando con una rama las patas traseras de uno de los tres
caballos que pastaban en la vereda (algo muy normal entonces). El animal
lanzó una estocada, pero debido a la proximidad del niño, no alcanzó a
golpearlo, más bien lo calzó y despidió hacia atrás. Desesperado por lo que
acababa de ver, salí corriendo a la calle, pero la madre ya lo había rescatado.
Como la mujer entró apresurada a la casa, no pude saber si el niño fue
lastimado.
Lo que más
nos llamó la atención a los vecinos, fue cómo empilchaba la pareja. Todas las
tardes salían con una enorme valija como si se fueran a un largo viaje, pero al
día siguiente nuevamente estaban los dos paraditos en la esquina como muñequitos
de torta de bodas esperando el ómnibus urbano, siempre con la enorme valija a
cuestas. Esta escena era tan cotidiana que ya nadie le prestaba atención.
Pero un
día, estando paraditos en la esquina de Alem y Uruguay, sucedió un gag digno de
una comedia italiana. Ahí entró en escena Ricardo Marenghini con su auto
parlante haciendo propaganda para la película “Un condenado a muerte se
ha escapado” [1] que
se estrenaba en el Cine Ópera. El espectáculo montado consistía en que,
mientras el locutor anunciaba el estreno cinematográfico, a unos cincuenta
metros más adelante, iba a toda carrera el que emulaba al presidiario en fuga
con traje a rayas y una cuchara en su mano derecha, mientras dos policías
armados hasta los dientes iban trepados en los estribos del coche de
Marenghini, que hacía sonar una estridente sirena. Era una parodia digna de una
película.
En su
alocada carrera, el comediante llegó a donde estaba la pareja, se arrojó sobre
la valija y la aplastó totalmente. Desconcertados, los gringos se calentaron y
empezaron a los gritos tratando de sacárselo de encima. Rápidamente el
simulador se puso en pie y continuó su fuga, en tanto los tanos a las puteadas,
trataban de reacomodar el desastre. Enseguida llegó el ómnibus y partieron al
centro.
Pasado un
tiempo, se comenzó a notar la ausencia de los Murattore. El primer sorprendido
fue don Galassi, que una mañana llegó a nuestra casa para preguntarnos si últimamente
habíamos visto a los Murattore, porque hacía más de una semana que el hombre no
se presentaba a trabajar. En la casa no había señales de vida y en el hospital
o sanatorios de la ciudad no había noticias de internados con ese nombre. Así
transcurrió otra semana, mientras los yuyos del jardín comenzaron a reflejar el
abandono de la casa, cuyo propietario vivía en el campo y no era posible
comunicarse con él.
Más tarde llegó
Enrique Ganhem, uno de los hijos del propietario de la “Tienda París”,
ubicada en calle San Martín, al lado del Banco Provincia, preguntando por los
Murattore. Quería saber dónde podía encontrarlos. Si bien eran conocidos en el
barrio, nadie sabía de su paradero. Fue entonces cuando el comerciante -sospechando
lo peor- se lamentó, porque los gringos habían comprado sábanas y mantelería a
granel con la promesa de pagarlos a fin del mes. Pero ya estábamos al día 15
del siguiente y no había señales de los deudores. Durante los días
subsiguientes hubo un desfiladero de dolientes de los más diversos ramos
comerciales. Desde artículos para el hogar hasta tiendas y jugueterías. Todos
querían ubicar a estos simpáticos italianos que habían comprado en cantidad sin
pagar un centavo, gracias a su proverbial simpatía y sólido convencimiento.
Finalmente
llegó el propietario de la vivienda para hacer limpieza. Pero don Moreno no se
mostró sorprendido por la ausencia de su inquilino, ya que le había pagado por
adelantado el último mes debido a que en unos días más -le confesó- emprendería
su regreso a Italia.
Sin dudas
los Murattore fueron muy meticulosos en armar todo el entramado y disimular su
fuga sin dar lugar a sospechas. Acapararon muebles y ropas al por mayor, y una
noche cualquiera, silenciosamente cargaron todo en un camión y partieron rumbo
a Buenos Aires, donde seguramente revendieron lo adquirido y se volvieron a
Italia.
Al menos no
le dejaron deudas a don Galassi, que estaba muy afligido por haber sido
sorprendido en su buena fe y engañado a tantas otras personas que creyeron en
la palabra de su compatriota.
Para
algunos comerciantes fue una lección, porque a la gente de Venado Tuerto les
pedían hasta el grupo sanguíneo para otorgarles un módico crédito, mientras
que, a los italianos honestos y trabajadores, le dieron vía libre. Fue una
clara señal de que la honestidad no es privativa de ningún pueblo, como tampoco
lo es la indecencia. Virtudes y plagas que pertenecen a toda la humanidad.
La historia
de los Murattore revolucionó el ambiente barrial. Tiempo después nos enteramos
de que el muy pícaro se había fugado de Italia rumbo a América con su joven
amante, dejando atrás a esposa e hijos en plena crisis de posguerra. Pero la
joven sarda no se adaptó a estas latitudes y prefirió enfrentar los conflictos en
su propia tierra, y cual una docena de bueyes arrastró con ella a su Romeo.
Conventillos
En Venado
Tuerto hubo muchos conventillos. Recuerdo uno en especial que existió en la
esquina de calle Alem y Chile, con unos 50 metros de frente por 30 de fondo
(aproximadamente) y que fue derrumbado antes de los años 50. En ese conventillo
supo tener su peluquería un tal Cardinale que tocaba el acordeón en la vereda
mientras esperaba la llegada de los clientes. Tenía un zorro como mascota,
siempre enlazado a uno de los árboles que adornaban la avenida. También
habitaba esa casa una familia de apellido Fuentes. La señora Fuentes, de
presencia impecable y con un turbante al mejor estilo candombero, era famosa
por hacer mazamorra, una comida típica argentina. Tengo entendido que ahí
también habitó don Sokolik, cuando recién llegó de Polonia y posteriormente se
trasladó con su familia a calle Uruguay al 400, donde todavía viven algunos de
sus descendientes.
Cuando el
edificio fue derrumbado, quedó en el centro del baldío el hueco del aljibe, que
a medida que se hundía, se iba abriendo a lo ancho, permitiendo que los carros
de basura y escombros pudieran ingresar para su llenado. Una vez se cayó en el
pozo la yegua de don Antonio, “el marlero”, y como el pobre animal no podía
salir por sus propios medios, fue necesario cavar un terraplén, enlazarle el
pescuezo y tirarlo con otro caballo para que buscara trepar. Felizmente se
logró el propósito.
La primera casa que se construyó en ese baldío fue la de Don Juan Pérez, un español bajito, flaco y de caminar pausado, empleado del ferrocarril. Don Pérez era soltero y de pocas pulgas. Solíamos verlo regresar de su trabajo, cargando al hombro el cofre provisto por la empresa. Después que falleció, la casa fue habitada, además del tano Murattore, por una familia de apellido Galván, oriunda de San Gregorio.
Nuestro amigo Ramón
Uno de los hijos de la familia Galván, Ramón, era algunos años mayor que yo; entró a trabajar a la fábrica Giubergia y estaba muy contento y feliz porque, además de haber conseguido un buen trabajo, fue correspondido por una chica del barrio de la que se enamoró perdidamente.
Un día, al mediodía, nos llegó la noticia de su muerte repentina. Según se dijo, estaba trabajando con un taladro eléctrico, y a causa de algún desperfecto, una descarga lo fulminó. Todos sus amigos del barrio fuimos en patota hasta el Sanatorio Castelli, donde en un pequeño cuarto, yacía Ramón cual si estuviese en un profundo sueño. Fue muy triste ver cómo en pocos segundos la muerte nos arrebató a nuestro joven amigo.
Mi hermano Eduardo escribió en su libro diario: “22/10/1958: Un empleado de la casa Giubergia ha tenido un accidente que le costó la vida. Galván que vivía frente a nuestra casa fue electrocutado al apoyarse sobre una máquina. Un empleado que estaba haciendo una perforación con un taladro eléctrico de pecho, recibió un golpe de corriente eléctrica y alcanzó a bajarse del taladro tirándolo sobre una máquina. Galván al oír el grito del empleado, corrió en su ayuda y al apoyarse en la máquina recibió la descarga eléctrica. Le asistieron inmediatamente, pero fue inútil, falleció en el acto. Por la tarde lo trasladaron a Christophersen”.
Pasados los
años de adolescente, Truhan se enamoró de la hija mayor de Antonio Santone,
un acopiador de vidrios, huesos, metales y todo lo que fuera posible comerciar.
Tenía su corralón y vivienda familiar en calle Chile a escasa media cuadra de
la casa del pretendiente de su hija Shirley, que era una hermosa jovencita
rubia, muy activa y la predilecta de la familia Santone. Pero su romance con el
negro Truhan complicó la armonía familiar porque don Antonio se oponía
ferozmente a la relación. Los enamorados tenían que programar encuentros
furtivos y para ello contaban con la complicidad de los chicos del barrio que,
mediante el ardid de silbidos en clave, alertaban a los enamorados ante el
primer atisbo presencial del celoso Capuleto.
En el 2010
me encontré con “el negro Truhan” en la estación terminal de ómnibus,
oportunidad en la que memoramos recuerdos de nuestro querido Barrio San Martín.
Ahí me enteré de su afición por la poesía cuando me mostró un cuaderno con sus
escritos que orgullosamente mostraba a todo el mundo. Las estrofas evocaban
recuerdos de su esposa fallecida, la bella Shirley por la que se había jugado
el pellejo para hacerla suya. Antonio Alejandro Bonfanti falleció el 21 de
febrero de 2018. Tenía 82 años. Curiosamente falleció el mismo día que mi
hermano Eduardo, su compañero de escuela, que falleció en 2001.
Volviendo
al barrio, debo recordar que, en la esquina de Alem y Chile, y formando parte
del conglomerado del conventillo derribado, había un boliche de gran afluencia
de troperos, trabajadores rurales y estibadores. A modo ilustrativo, es bueno
recordar que la avenida Alem era la ruta de ingreso a la ciudad antes que se
trazara la ruta nacional Nº8.
Los Arregui
Sobre esta familia doy cuenta de la tragedia que se desató en su vivienda de calle Presidente Perón 670 (ex Estados Unidos) en mi blog: https://hechostriviales.blogspot.com/ - Recuerdo que eran 3 hermanos: Juan, Miguel y Adelina. Juan se dedicó al comercio de venta de artículos para el hogar que prosperó en la década del 70/80. Fue presidente del Club de Basquetbol Olimpia de Venado Tuerto. Miguel, empleado ferroviario, era una persona alegre y jovial, siempre de buen humor. Solía reunirse con la muchachada del barrio en la esquina de Alem y Uruguay y siempre venía montado en una moto “Gilera” de alta cilindrada, que era nuestra admiración. Debido a una grave enfermedad, tuvo que someterse a una cirugía complicada de la que felizmente se recuperó. Por tal motivo, la empresa ferroviaria lo destinó al puesto de “Guardabarreras” por cuanto no estaba en condiciones para tareas pesadas. No recuerdo muy bien, pero creo que luego fue trasladado a Rio Cuarto (Cba.), entonces perdimos contacto con él hasta que nos llegó la noticia de su fallecimiento. En cuanto Adelina se desempeñaba como empleada doméstica y se unió en matrimonio a su vecino Eufemio, cuyo apellido no recuerdo al redactar este párrafo.
Los Maderna
Otro
conventillo del barrio, aunque en menor escala, fue la casa de los Maderna. Los
Maderna eran dos hermanos totalmente disímiles, tanto en lo físico como en los
modales. Uno era grandote, gordo y bocón, y el otro bajito, flaco y reservado.
El gordo era muy peronista, mientras que el flaco se definía como Yrigoyenista.
Ambos eran ferroviarios y contaban con familias numerosas. No recuerdo
muy bien los nombres de todos los hijos, pero sí sus apodos.
A uno de
los hijos del “gordo” le decían “Coco”, tal vez porque era muy alocado, pero a
su vez muy querido por el vecindario; la mayor de las mujeres estaba casada con
Domingo Barroso y tuvieron una familia numerosa; vivían en la esquina de Alem e
Inglaterra, casa originaria de la familia Marchetti, la que años más tarde
adquirió don Severino Colussi. Otra hija era conocida como “Manicha”, una
chica tan hermosa como liberal, de cabellos rubios y rizados, a quien los
muchachos del barrio apodaron “Marylin” por la Monroe. Ella
nos decía -bromeando- que era prima de Osmar Maderna, famoso y reconocido
músico que falleció en 1951 en un accidente de avión.
“Manicha” era
cortejada por un empleado ferroviario de apellido Carrasco, al que ella
correspondía; solían encontrarse a escondidas en la casa de los
Casaponsa/Varela porque don Maderna lo sentenció con una “cantada a palos” si
se atrevía con la hija. Sin dudas el hombre pretendía algo mejor para ella, y
el noviazgo no prosperó. Años más tarde Manicha formó pareja con un instalador
de pisos parqué -por aquellos años el boom de la modernidad edilicia- y en
unión con sus hermanos Rogelio, Carlos y Elsa, la menor, partió a Buenos Aires.
Posteriormente supimos que Carlos emigró a los Estados Unidos donde falleció
muy joven. Por su parte, Domingo Barroso también fue de la partida y tomó rumbo
a Buenos Aires con su esposa e hijos: Norma, Ester, Cayetano, Olga y Antonio.
Por otro
lado, estaban los hijos de don Pedro Maderna, el flaco, que falleció el
10/08/1970 a los 84 años. Su familia estaba compuesta por una hija, la mayor
(cuyo nombre no recuerdo), que con su hermano “Perico”, emigró
a Buenos Aires junto a sus primos. Luego le seguía “Cacho” que
permaneció en la casa paterna durante muchos años hasta que se mudó a otro
barrio; Víctor Hugo, más conocido como “el negro”, trabajaba
en el ferrocarril y jugaba al fútbol para un club local. Con él mantuve largas
conversaciones en la década del 80, y vivió en el Barrio Iturbide hasta su
fallecimiento el 02 de junio de 2015 a los 82 años. El menor de los muchachos
se llamaba Rodolfo, más conocido como “Rabanito”, que practicaba boxeo y solía
hacer guantes con “Yiyo” Rodríguez, entenado de don Juan
Rodríguez, el tropero que vivía en calle Inglaterra 650 (hoy 2 de abril).
“Rabanito” también trabajaba en la empresa ferroviaria y fue trasladado a Alejo
Ledesma, Provincia de Córdoba. Con la privatización y el desguace de los
ferrocarriles durante el menemismo, optó por el “retiro
voluntario” y regresó a Venado Tuerto. A través de Santiago Zencich,
que lo conocía de Alejo Ledesma, entró a trabajar en la Municipalidad.
Muchas veces me encontré con él y conversábamos largo y tendido sobre los
viejos tiempos en el vecindario. Fue una pena que no pudo seguir practicando
boxeo, porque al decir de los entendidos, pintaba muy bien y estaba en
condiciones de escalar como profesional. “Rabanito” falleció
el 13 de febrero de 1995 a los 59 años. La menor de la familia es
María “la pelada”, autodidacta aficionada a la poesía. Ha
escrito muchos poemas que fueron divulgados por distintos medios periodísticos
locales. Actualmente (2015) vive en el Barrio San Martín.
La letrina
La
casa “de los Maderna” era espaciosa, y los inquilinos solamente
compartían el aljibe y la letrina (comúnmente denominado “fondo”) con su
ventanita triangular, que como bien la describe el cuentista Luis Landriscina
en sus variados relatos, se construía -por razones obvias- lejos de la casa.
Un día
cundió la alarma. El pozo del fondo se había llenado y la mierda ya estaba a
escasos centímetros de la superficie, razón por la que no quedaba otra
alternativa que cavar un segundo pozo en la parte trasera, y vaciar el original
mediante un túnel de conexión horizontal.
Las tareas
fueron programadas de común acuerdo y por turnos. Una vez alcanzada la
profundidad necesaria, había que perforar un túnel que conectara ambos pozos.
Para zanjar la controversia originada para esta tarea, se hizo un sorteo porque
nadie quería verse envuelto en lo que supuestamente ocurriría cuando se llegara
a la bosta. Contrariamente a lo que se suponía, el excremento no se deslizó con
facilidad y hubo que vaciar mucha agua en el pozo lleno para que comenzara a
escurrirse al nuevo.
Aparte del
hedor insoportable que se expandió en las inmediaciones, la complicación vino
durante el invierno, cuando se desató un temporal de lluvias. Ambos pozos se
anegaron y el fondo amaneció derrumbado con la puerta mirando al cielo;
entonces el propietario debió construir un nuevo retrete.
Ignoro
quién era el propietario de la vivienda en ese momento, pero alrededor de 1960
la casa fue comprada por don Luis O’Brien (constructor de las sedes del Jockey
Club y Club Jorge Newbery), quien luego de refaccionarla la vendió. Esta casa,
con las modificaciones propias del tiempo, aún se mantiene en pie sobre calle 2
de abril al 750.
Walter
Entre los
inquilinos del “Conventillo Maderna”, vivía Walter Amaya, a
quien describo en un relato de mi blog:
http://relatos-ficticios.blogspot.com.ar/2015/08/angeles-rebeldes.html
Este relato
fue premiado y publicado por la Revista Cultural “Lea” junto a otro de la
señora Alba Klein. En él trato de reflejar la personalidad de Walter, un chico
aficionado a la lectura de comics, cuyas tramas retenía en su memoria y luego
nos las contaba con lujo de detalles. Pero también Walter era amante de la
música y el canto. Tenía predilección por los tangos. Una noche estando en un
parque de diversiones donde habían levantado un escenario para espectáculos
artísticos y concursos de canto y baile, sorpresivamente, y ante nuestro
asombro, Walter subió al tablado dispuesto a desplegar sus dotes tangueros.
Cuando le tocó el turno, comenzó a cantar “Por una cabeza”, tango que Gardel
interpretaba con personal destreza. Tal vez a causa de los nervios, o
simplemente por distracción, a Walter se le esfumó la letra a mitad de camino,
pero el animador -siempre presto a rescatar al concursante- lo sacó del paso y
terminaron cantando a dúo ante el aplauso de la barra, que le pedía otra.
Walter Amaya también migró a Buenos Aires, y hoy (2015) debe estar rondando los
77/78 años.
Otros conventillos
Recuerdo
uno ubicado en calles Mitre y Junín (esquina frente al actual supermercado,
cuyo edificio originalmente perteneció a la firma Coppi, Placci & Cia.) No
sé cuándo fue demolido el conventillo, pero cada vez que huelo al fluido
“Manchester”, me viene a la memoria ese caserón, por cuyo frente pasaba
diariamente en mi camino al colegio de los hermanos. El olor era tan
penetrante, que se olisqueaba a una cuadra de distancia. Según me han contado,
en la esquina de Iturraspe y Junín también había otro conventillo que yo no
recuerdo con claridad. Tal vez no haya habido en él algo que me llamara la
atención o bien lo estoy confundiendo con el que describo.
En la
antigua casona de Santa Fe y Laprida, también se concentraron muchas familias,
pero no recuerdo sus nombres, salvo un muchacho de apellido Rivas que era de mi
edad y que con el correr de los años supo tener un Ford 35 de dos puertas color
negro.
También en
calle 25 de mayo, entre Castelli y Saavedra (mano de números pares), a dos
cuadras y media de la parroquia, se había formado otro conjunto de familias en
una casa con ventanas a la calle, sin revocar. Allí vivió Santos Únzaga, un
compañero de trabajo de la Cooperativa de Electricidad, y una familia de
apellido Meritano, destacada por tener una tracalada de hijos.
Sobre calle
Runciman, entre Rivadavia y Alberdi, frente al taller mecánico de los hermanos
Rostán, también se formó un conventillo que tenía al frente un amplio patio, lo
que separaba las viviendas de la línea de edificación y que podían verse a la
distancia.
Mano Santa
En todos
los barrios siempre se encuentra una curandera; en el nuestro teníamos a doña
María Salvador, que vivía en la calle Chile y Tucumán. No conozco los
pormenores de su vida, como tampoco supe nunca que haya ejercido la
adivinación, o el tarot. Era una mujer muy respetada por el vecindario, y una
de las curanderas más conocidas en todo Venado Tuerto. Venía gente de lugares
distantes, como sucede siempre en estos casos, cuando la información corre de
boca en boca. Muchas veces la gente era derivada por los propios médicos que,
con buen tino profesional, detectaban que el mal era más psíquico que físico y
que una curandera influye más en algunas personas, que una decena de
médicos. No tengo en mi memoria algún hecho destacado de Doña María
Salvador, a pesar de haberla conocido personalmente; lo que sí recuerdo es
haber visto mucha gente esperando para ser atendida, la mayoría mujeres con
niños para la cura de empacho, el mal de ojos, la pata de cabra y otras yerbas.
Ignoro si atendía a quienes andaban mal de amores o eran víctimas de brujerías
o envidias. Creo que solamente se dedicaba a la cura de los trastornos básicos
leves. Doña María Salvador falleció el 17 de enero de 1954.
Rezadoras
Así como
abundaban las curanderas, también estaban las “rezadoras”. Ellas
tuvieron gran auge cuando pasaron a reemplazar a “las lloronas” de
antaño. Aquellas que eran contratadas por los familiares del finado para
meter batifondo con ayes lamentosos en los velorios. Estando en total
silencio, abruptamente y sin que nadie lo esperara, comenzaban a emitir gemidos
agudos que duraban un largo rato, para luego volver al silencio y a la meditación.
Cuando niño, tuve oportunidad de presenciar un caso de lloronas, y fue en un
campo de San Eduardo cuando sepultaban a un niño que murió en un accidente.
Según tengo entendido es una antigua costumbre hispánica y hay muchas versiones
sobre su origen popular.
En
protagonismo de las “rezadoras”, en contraste con las antiguas
lloronas, resultaba más llevadera porque recitaban el rosario acompañadas por
todos los asistentes.
Conocí a
dos mujeres que oficiaban de rezadoras: Doña Rosa Gallo de Sarrias y Petrona
Eyras, ambas muy requeridas por los deudos para que dirigieran los rezos en los
velorios.
El día que
murió doña Margarita Ponce (08/09/1950), llovió torrencialmente y como la calle Alem y sus
adyacencias se inundaban de vereda a vereda, mi viejo asistió solo al
velatorio. Cuando regresó se puso a conversar con mi vieja sobre lo acontecido.
Entonces él dijo que cuando estaba por regresar a casa, comenzó el rezo del
rosario, razón por la que no pudo zafar y debió esperar hasta que terminara.
Cuando mi vieja le preguntó quién dirigía el rosario, él contestó: “Doña
Rosa”, entonces mi vieja suspiró aliviada: “¡Oh! ¡Reza los 15
misterios!” Por lo que deduje que mi madre no era muy adepta a tanto
ceremonial. Ahí me enteré de que las rezadoras invocaban los 15 misterios del
rosario, todos seguidos y sin pausa, con muchas oraciones intercaladas, lo que
hacía que la oración se volviera monótona y tediosa. Tal vez por eso los
hombres se mandaban a la cocina y daban rienda suelta a sus lenguas contando
chistes y hazañas personales, acompañados por unas cuantas vueltas de ginebra
para hacer más llevadera la larga noche en vela.
Doña
Margarita Ponce vivía en concubinato con don Ponce, un verdulero que hacía su
recorrido casa por casa con una jardinera. Ella ayudaba a mi madre en los
quehaceres de la casa y recuerdo que un día, mientras planchaba, me dijo que a
mí me habían dejado en la puerta de mi casa en una canasta. Curiosamente esa
revelación comenzó a trabajarme la cabeza ¿Era hijo de mis viejos o adoptado?
Interiormente y en silencio, me hacía esta pregunta una y mil veces, pero nunca
me atreví a preguntárselo a mis hermanos, y mucho menos a los viejos ¡Hubiera
sido un suicidio! Es increíble cómo afectan a los niños las fábulas que les
inventan los mayores, sea para bromear o para evadir explicaciones.
Don Ponce
la sobrevivió muchos años a Margarita, hasta que un día de diciembre, antes de
las fiestas de fin de año, mientras estaba con amigos en el Club Olimpia se
produjo una situación muy cómica con un personaje famoso a quien le faltaban
algunos jugadores. Dicen que don Ponce se rio con tantas ganas de la grotesca
situación, que su corazón no aguantó y pasó a mejor vida camino al hospital
Gutiérrez. Se fue con mucha alegría.
En cuanto a
doña Petrona Eyras, la segunda rezadora que conocí, y que también ayudó a mi
madre en los quehaceres domésticos, la recuerdo en Relatos Orales:
http://josebrendan.blogspot.com.ar/2015/09/misioneras-inglesas.html,
donde la describo como la recuerdo, como muy buena persona y religiosa a su
manera.
Muerte en el Rancho
En la
esquina Este de Tucumán y Uruguay, vivía un matrimonio de apellido Roldán. La
casa de adobe, bajita y blanqueada a la cal, era una típica vivienda de
aquellos años. No sé exactamente qué edad tendría la pareja, pero para mí, que
apenas tenía 5 años, eran ancianos.
El hombre
tenía cierta dificultad para caminar y no emitía palabras, sino sonidos
guturales, seguramente -según se decía- a causa de un accidente que sufrió en
el Matadero Municipal cuando se le cayó un cuchillo de punta en uno de sus pies
que le originó una severa infección que afectó su sesera. El barrio se
alborotaba cada vez que se oía a la señora Dragichevich gritar palabras en
yugoeslavo que nadie entendía, pero que todos sabían que el viejito Roldán
había salido desnudo a la calle y ella lo corría para cubrirlo con una sábana.
Por eso la
mujer lo llevaba todos los días a la sombra de un sauce que había en el patio,
donde el viejo permanecía sentado, mientras ella hacía los quehaceres
domésticos; rituales que se cumplían durante toda la época estival.
La mañana
del sábado 11 de enero de 1947 el sol rajaba la tierra y los Roldán brillaban
por su ausencia. Esto llamó la atención al vecindario, que de inmediato se puso
en movimiento. Al mediodía todo era quietud. Algunas mujeres entraban hasta la
galería y llamaban a la puerta, pero no había respuesta. Entonces cundió la
alarma.
En ese
momento pasaba por el lugar “el Coco” Maderna que, al
enterarse de la situación, se propuso entrar por su cuenta para ver qué pasaba
con los viejos. Intentó abrir la puerta, pero no pudo. Entonces, haciendo uso
de su fama de intrépido, fue hasta la pequeña ventana del rancho, le dio un
leve golpe y se abrió el postigo. Metió la cabeza y en un segundo retrocedió.
Estaba pálido; únicamente atinó a decir: “Está en la cama, muerta”. Efectivamente,
la pobre mujer estaba tendida en la cama manchada de sangre, mientras el marido
-según relató “el Coco”- pataleaba como una criatura
desesperada en una cama contigua. Más tarde se supo que la mujer había sido
herida de muerte con arma blanca.
Siempre
recuerdo este episodio, y cuando hoy digo que no puedo precisar la edad de
estas personas, es porque se supone que la mujer fue asesinada por un tal
Sejas, tropero que solía frecuentar la casa y presuntamente su amante.
En
realidad, nunca se supo quién fue el asesino y mucho menos los móviles de este
hecho desgraciado.
Don Benito Albizú "El Vasco"
Fue don
Benito Albizú, uno de los personajes típicos del barrio, más conocido como “el
vasco”. Era un empedernido lector del diario “Crítica” y admirador de la
Alemania Nazi. Tenía un tambor metálico sobre el que apoyaba el brasero, con
una inscripción en alemán y la cruz esvástica estampada en relieve. Nunca supe
dónde fue a parar ese tambor, pero es de suponer que terminó en el basural que
había al final de la calle Alem, donde hoy está el Parque Industrial o a lo
sumo en alguna chatarrería. Seguramente hoy tendría un valor muy significativo.
¡El viejito
era tremendo! Para que mi viejo engranara, leía en voz alta los titulares del
diario “Crítica” que daba cuenta del avance alemán en el frente de guerra,
porque sabía que no simpatizaba con los nazis. Pero mi padre, en la intimidad
familiar, se divertía con estas ocurrencias del vasco y nos hacía reír cuando
lo imitaba hablando con acento castizo. En realidad, mi viejo no simpatizaba
mucho con él, debido a un antiguo litigio que mantenían respecto a la línea
divisoria de los terrenos, lo que fue corroborado años más tarde cuando se
vendió la parcela y el agrimensor detectó la inexactitud de la medianera.
Hubo una invasión de aproximadamente 10 centímetros por parte del terreno del
vasco.
Nunca pude
saber con certeza, por qué mi viejo lo llamaba “old flat”, que
literalmente es algo así como “anciano chato”. Tal vez se debía a que estaba
siempre sentado a la puerta de su casa, y no había acontecimiento en el barrio
del que no tuviera conocimiento. Estaba al tanto de todo lo que ocurría en el
vecindario y no era ajeno a las bromas.
En el
barrio -como dije antes- estaba el antiguo caserón (o conventillo) “de
los Maderna”; allí habitaban muchas familias y, en consecuencia, una
tracalada de chicos de todas las edades. La mayoría de ellos tenía cabellos
oscuros, pero había un chiquilín que sobresalía del resto por pelirrojo y de
piel extremadamente blanca. “Seguramente es la travesura de algún irlandés” me
decía el vasco con picardía para hacerme engranar.
El día de
los Santos Inocentes era muy común que entre vecinos se gastaran bromas, y el
vasco se prendía en el juego. Un 28 de diciembre, se asomó por el alambrado que
separaba nuestros terrenos y llamó a una de mis hermanas. Esa actitud no era
habitual en él; muy por el contrario, respetaba la intimidad de sus vecinos, y
aunque estaba enterado de todo lo que acontecía en el barrio, nunca tuvo
acciones ofensivas o de mal gusto. Cuando mi hermana acudió a su llamado, él le
dijo: “Emilia dice que vayas urgente; quiere hablar contigo”. Emilia
era una vecina que vivía a la vuelta de nuestra casa. Lo primero que se le
ocurrió a mi hermana era que algo grave había ocurrido. Sin pensarlo dos veces
partió raudamente a la casa de Emilia, pero cuando llegó, ésta y su madre la
miraron sorprendidas por su inesperada visita a esa hora de la mañana. ¿Qué
hacía Shiela tan temprano en su casa? Ahora eran ellas las que pensaban lo
peor, pero cuando mi hermana les dijo que Don Benito le había dicho que...
entonces se dieron cuenta que habían caído en la trampa del día de los
inocentes, y a las tres mujeres les vino un ataque de risa. Cuando Shiela
regresaba, observó que el vasco estaba agazapado detrás de un árbol disfrutando
de su broma, pero ella simuló no haberlo visto.
Don Benito
era propietario del inmueble que habitaba, y a su vez alquilaba una parte de la
casa a una familia, y el salón que daba al frente, para quien quisiera explotar
un negocio, en tanto él utilizaba nada más que una habitación. De esa manera,
con ese pequeño capital y las entradas extras además de la jubilación, le
permitía comprar mercadería al por mayor y venderla al fiado a la gente del
barrio, especialmente a quienes vivían en el “conventillo
Maderna”; de esa manera hacía una pequeña diferencia que reforzaba sus
ingresos. Algunas veces se desataban algunas discusiones con los clientes por
el precio de la mercadería, su peso y calidad, los que, por lógica, diferían
del resto de los almacenes. Cada vez que se armaban estas roscas, el
circunstancial cliente se retiraba con un: “Te voy a denunciar por no
pagar patente, vasco de m.…” Pero claro, esa denuncia nunca se
concretaba porque a nadie le convenía. El vasco le fiaba a todo el mundo y
tenía el boliche abierto sin horario, sábados, domingos y feriados, de manera
que estaba siempre a disposición. Era un buen palenque donde ir a rascarse
cuando escaseaba el efectivo.
Como buen
vasco, don Benito no fue la excepción: era lechero. Siempre nos contaba que una
mañana muy temprano cuando comenzó el reparto, un agente de la policía le
prohibió cruzar las vías del ferrocarril por la calle Centenario (hoy Alem),
porque la empresa ferroviaria estaba levantando un paredón para la construcción
de la playa de maniobras. Según contaban nuestros mayores, esa noche un grupo
de vecinos derribó parte del tapial en protesta por la división del pueblo,
pero al día siguiente la empresa volvió a edificarlo. A la noche siguiente
nuevamente fue derribado, pero esta vez intervino la autoridad policial y puso
fin a la protesta. Tiempo después se inició la edificación de la escuela, que
años más tarde pasó a ser la Oficina de Vías y Obras, y con el correr de los
años, tras la privatización de los ferrocarriles durante el menemismo, el
edificio pasó a propiedad Municipal y allí se instaló el Concejo Municipal de
la ciudad. Hoy cuesta creer que la gente de entonces reaccionara así, pero la
intervención policial fue suficiente para apaciguar los ánimos con la promesa
de abrir una pasarela. Promesa que (¡Vaya novedad!) jamás se cumplió. Y una vez
más la población fue defraudada, aún después de haberse nacionalizado los
ferrocarriles. Recién a fines de 1963 (o principios de 1964) se inauguró el
puente peatonal bajo la administración de Don Fernando López Sauqué, aunque las
tramitaciones se iniciaron con el gobierno de Don José Cibelli.
Don Benito Albizú falleció el 9 de agosto de 1958 a los 86 añós (Dato del diario de Eduardo Juan Wallace)
Los Armesto
La familia Armesto estaba compuesta por don Gumersindo, su esposa Manuela Albizú (hija de don Benito Albizú) y sus hijos Héctor e Isabel. Don Gumersindo era un señor sigiloso, discreto, rara vez se lo veía conversar con algún vecino. Trabajaba en el ferrocarril y tenía una hermosa casa con galería abierta y una quinta de variados almácigos que prolijamente mantenía igual que la vivienda. Sus compañeros de trabajo lo apodaron “Coshteleta”, pronunciado con acento español, en alusión a su predilección por ese corte de carne vacuna.
Mientras escribo, me vienen a la memoria los sonidos que se oían en el vecindario en noches serenas, y uno de ellos era el traqueteo de la bomba de agua manual que don Gumersindo ejecutaba todas las noches para llevar agua al tanque, en tanto silbaba alguna canción nostálgica que recordaría de su juventud.
Si bien don Gumersindo era un hombre tranquilo y prudente, seguramente esas cualidades se alteraron la noche que se desató un alboroto que agitó la tranquilidad del barrio. Según cuentan los vecinos que fueron en auxilio, se encontraron con que don Gumersindo tenía contra el suelo a “Kito” Bressan, a quien inmovilizaba tomándolo por el cuello. “Kito” era el novio de Isabel que gemía a su padre para que soltara a su Romeo. Es muy probable que esa noche don Gumersindo se haya hartado de las riñas permanentes entre los novios y se le salió la cadena, dado que eran muy comunes las peleas entre Isabel y “Kito”, cuyas locuras parecían no tener límites. Finalmente, el noviazgo no prosperó.
Contrariamente a su madre y hermana, Héctor heredó el carácter de su papá, a tal punto que los compañeros del ferrocarril, donde entró a trabajar muy joven, lo apodaron “Costeletita”. Héctor era mayor que mis hermanos y recuerdo cuando una tarde, mientras estábamos a la sombra de los sauces de la casa de la familia Dragicevich, llegó Héctor para despedirse porque se iba a cumplir con el servicio militar. Manuela desde el portillo de la casa, lloraba a mares. Todas las madres sufrían la partida de sus hijos al servicio militar porque eran destinados a lugares distantes, generalmente a la provincia de Corrientes y solamente venían de licencia una vez al año. En aquellos años las comunicaciones no eran fluidas como actualmente
Cuando Isabel entró a trabajar a la antigua empresa Teléfonos del Estado (más tarde Telecom), madre e hija se fueron a vivir a un departamento ubicado en calle San Martín y la cortada de Roca. Isabel contrajo matrimonio y tuvo descendencia.
Con el correr de los años, Héctor renunció al ferrocarril y se incorporó al negocio de su cuñado, que era concesionario de las recordadas cosechadoras “Gema” de una empresa metalúrgica de Rosario que competía con las cosechadoras “Giubergia” de fabricación local. Héctor también contrajo matrimonio y tuvo descendencia.
Los Carrasco
Luis
Carrasco era empleado ferroviario y alquilaba una parte de la vivienda a don
Benito Albizú, “el vasco”, donde vivía con su padre, de quien
se hizo cargo cuando el anciano enviudó.
Carrasco
era muy prolijo, aunque no ciertamente tenía pinta de galán ya que no gozaba
de “belleza” masculina, aunque por su carácter gentil
resultaba una persona muy agradable. De boca grande, piel morena y cabello
lacio azabache, se pasaba largos ratos pulimentándose ante el espejo antes de
salir de garufa.
Después que
falleció el padre, conoció a una joven madre soltera recién llegada al barrio y
se enamoró de ella. Sin mayores trámites la pareja se unió en concubinato y
Luis reconoció al hijo de ella y le dio su apellido.
La pareja
tuvo más hijos, pero el asunto no estaba muy claro. Una noche en pleno verano
se armó un gran alboroto en la casa de los Carrasco. Según versiones, Luis
llegó de su trabajo antes de lo esperado. Pero el traspié fue zanjado, aunque
marcó el principio del fin. Ella se fue por un lado y él trasferido por la
empresa ferroviaria a San Urbano (Melincué).
Años más
tarde, siendo recaudador domiciliario, me encontré con la hija; estaba empleada
en una casa de familia. Simplemente cambiamos algunas palabras y me quedó el
recuerdo de su fisonomía de mirada triste.
Don
Antonio Dotto “El marlero”
Don Antonio
era entonces uno de los tantos vendedores de marlos que había en aquellos años
y vivía en la esquina norte de Alem y Uruguay. Siempre se rumoreaba que
guardaba dinero en unos tarritos de conserva, lo que hacía suponer que tenía
mucho dinero acumulado. Sin dudas, una suposición descabellada, propia de un
barrio donde todo el mundo sabía más de su vecino que de sí mismo. El hombre era
un trabajador que vivía con mucha precariedad, y seguramente tendría algunos
ahorros, pero no en la magnitud supuesta. El que le administraba sus ahorros
era un tendero de la zona, quien le pagaba los intereses conforme al capital
invertido. Este sistema de ahorro era habitual en aquellos años de bonanza,
cuando la palabra se valoraba en su real magnitud, y donde cada cual ganaba su
dinero con trabajo y honestidad.
Pasear en
la chata de don Antonio medio “echa’o pa tras”, y tirada por una yegua
mansa de tranco lento, era una delicia. El viejito -que seguramente era una
persona joven, pero que a nosotros nos parecía un abuelo flaco y encorvado con
grandes mostachos- no tenía ningún problema en llevarnos. Generalmente iba
junto con mi amigo Hugo Touma, y la verdad es que la pasábamos re bien. No sé
si lo ayudábamos en sus tareas, pero a él parecía no importarle mucho. Cuando
terminábamos el reparto, volvíamos a la casa y con un rastrillo juntábamos los
marlos dispersos, mientras que horquilla mediante, le llevábamos pasto y agua a
la yegua. El agua la sacábamos del aljibe, cuyo brocal era de ladrillo y el
arco de dos postes y un travesaño de quebracho, del que pendía la roldana que
chillaba por falta de lubricación.
Cuando se
avecinaba una tormenta, era muy común oír el ruido de las chapas con las que
Don Antonio cubría la montaña de marlos. El sonido muy familiar era el anuncio
inequívoco de lluvia. ¡Cuántas veces oí a mis viejos decir!: “Esta
noche tendremos lluvia, Don Antonio está tapando los marlos”. Y el
pronóstico no fallaba. ¡Cómo disfrutábamos de esas tareas! Recuerdo que mis
tíos me preguntaban (a propósito) qué es lo que quería ser cuando fuera grande
y mi respuesta era contundente: “¡Marlero!” lo que provocaba
la risa del conjunto familiar.
Un día
tropecé con la horquilla oculta entre los marlos y me clavé una de sus puntas
entre el nacimiento del segundo y tercer dedo del pie derecho. Sangrando me fui
a mi casa y mi madre me preparó una palangana con té de malva donde sumergí el
pie por largo rato. Luego le puso algún desinfectante y me lo vendó. Esa noche
fui con mis hermanos en el auto a la estación de trenes a esperar a mi padre
que regresaba de viaje. La estación era toda una fiesta, allí iba todo el
pueblo a ver el arribo de los trenes de pasajeros provenientes de Buenos Aires,
Rosario, Mendoza o Córdoba. Aquella noche me quedé en el auto porque tenía el
pie vendado y no podía calzarme, entonces se acercó Emilia y su mamá, la
hermana y madre de mi amigo Hugo, para ver cómo estaba y de paso darme una
pequeña reprimenda por andar vagando con su hermano.
El día 8 de
abril de 1952 falleció don Antonio, y los chicos del barrio nos entristecimos.
Creo que murió en el hospital. Sólo quedó el recuerdo de un abuelo bueno y
trabajador, que vivía en total soledad. Nunca supimos si tenía familiares, pero
si los tuvo, nunca los conocimos. Tal vez él tampoco.
“Don Noi” [2]
Don
Andrés Casaponsa, a quién todos conocíamos por “Don Noi”, tenía un
automóvil con taxímetro. Como buen catalán, era de pocas pulgas, razón por la
que los pibes del barrio le teníamos mucho respeto. La consigna entre los
chicos era no dejarse sorprender por “el Noi” con la gomera
(honda) porque seguro que se la quitaba. Es que Don Andrés tenía sus motivos.
En varias oportunidades le habían arrojado proyectiles a su automóvil cuando
transportaba pasajeros y eso lo ponía muy mal.
Felizmente
en la actualidad, no es frecuente ver a los chicos jugar con este elemento tan
perverso. A causa de las gomeras, mucha gente perdió la visión de algún ojo o
sufrió heridas graves por los proyectiles arrojados con este peligroso “juguete”.
Don Andrés
contrajo matrimonio en segundas nupcias con Doña Ramona Varela, y de ambos
matrimonios no tuvo descendencia. Sin embargo, formó una gran familia, porque
era una persona de gran corazón, un filántropo. Recibía en su casa a sus
paisanos catalanes y los atendía como nadie. Cuando su cuñada Brígida Varela de
Arduino enviudó, él se hizo cargo de sus dos hijos: Antonio (“Tito”) y
Nélida. Tito no quiso seguir estudiando la secundaria y entró a trabajar en las
fundiciones de Carelli Hnos. Nélida estudió en el Instituto Santa Rosa
donde se recibió de maestra y luego ejerció la docencia. A la sazón, fue mi
primera maestra. Puedo asegurar que Don Andrés amó a sus sobrinos cual si
fueran sus hijos.
También sumó a la familia a su cuñada Agustina Cirila Varela, quien contrajo matrimonio con Lorenzo “Lencho” Arnolfo. Don Andrés actuó de padrino y la entregó ante el altar como un padre a su hija, porque así la consideraba.
| Don Andrés Casaponsa con su señora Ramona Varela, su cuñada Cirila Varela y sus sobrinos Nélida y Antonio Arduino |
Años más
tarde se agregó a la familia su cuñado Francisco “Pancho” Varela,
que trabajaba en el campo, y también él entró a trabajar en la fábrica Carelli
Hnos. Después de algunos años se hizo cargo del coche taxímetro cuando Don Noi”
se jubiló. Entre todos ellos pasé mi infancia. Las mujeres me bañaban, me
cortaban el cabello, me llevaban a pasear y me trataban como a un hijo. Entraba
y salía de la casa como si fuera uno más de la familia.
Todos los
años para la fiesta de la vendimia la familia completa se iba a pasear a
Mendoza y yo quedaba a cargo de la casa y el cuidado de los animales. Eso me
hacía sentir muy importante, porque a la mañana me levantaba muy temprano y me
cruzaba hasta la casa para darle de comer a las gallinas y juntar los huevos.
Tenían un gallinero que a mí me parecía inmenso. Con un montón de pequeñas
celdillas, una al lado de la otra, donde anidaban las gallinas para aovar.
Todos los años se blanqueaba con cal para matar los parásitos y evitar que las
aves se apestaran. Me causaba gracia verlo a don Noi comerse los huevos crudos
directamente del nido, les daba un pequeño golpecito para perforarlos y se los
mandaba, cual si fuera una copita de ginebra.
Cuando
Nélida recibió el título de maestra, comenzó a ejercer la docencia haciendo
reemplazos. Posteriormente fue nombrada maestra titular en María Teresa y en
muchas ocasiones, cuando regresábamos los domingos del campo de San Eduardo,
nos cruzábamos con el colectivo Mercedes Benz amarillo en el que Nélida viajaba
rumbo al pueblo para dar clases al día siguiente. El colectivo tomaba el camino
que pasa frente a la Sociedad Rural hasta “El Empalme”, en la
esquina del boliche giraba a la izquierda, y por el camino ancho que bordea la
Estancia “La Victoria”, iba directamente a María Teresa. Durante uno o dos años
previos a su nombramiento, hizo un reemplazo en la escuela rural del
paraje “El Empalme”. Fue entonces cuando Don Noi compró un
Chevrolet 29 con capota de lona, para que doña Ramona, que manejaba muy bien,
la transportara todos los días hasta la escuela. Yo iba de acompañante y
hacíamos ese trayecto cuatro veces al día, oportunidad que aprovechábamos para
juntar hinojo para los conejos a la vera del camino, paralelo a las vías del
ferrocarril.
Josefa “Pepita” Martínez
Un día,
cuando traíamos de vuelta a la Inspectora Regional que había estado examinando
a la escuela de “El Empalme”, al subir a la ruta 8 para
llevarla hasta el hospedaje donde se alojaba, nos encontramos con la policía
caminera que estaba controlando los vehículos frente a la ex estación de
servicio Pastorino. Doña Ramona -que no tenía el carné encima porque nunca
circulábamos por la ruta, sino que simplemente la cruzábamos- se asustó y
estacionó en la banquina. El agente caminero vio la maniobra y se nos vino al
humo. El tipo (enorme como un ropero) estaba vestido de uniforme color caqui,
botas marrones de caña alta y una gorra militar que parecía un SA alemán.
Disciplinadamente se cuadró ante las damas y pidió el carné de conducir.
Obviamente, Ramona no lo tenía, pero enseguida entró a tallar la inspectora, y
mostrando su carné del Partido Peronista, le dijo al agente quién era y que la
señora había tenido la gentileza de traerla desde el campo. El policía hizo
sonar los tacos, se cuadró e indicó que siguiéramos viaje. Sin dudas, el carné
del partido tenía más peso que el cargo que ejercía en el ministerio de
educación.
Todavía
tengo en mi memoria a esa mujer morena, alta, elegante y de una gran
personalidad, a la que llamaban “Pepita” y que se hospedaba en
la casa donde hoy funciona el Museo Histórico Regional. Se comentaba entonces
que “Pepita” era la novia de Natalio Perillo, hijo de los propietarios del
inmueble. Pero el mismo Perillo cuando fue concejal, me comentó que solamente
los unía una gran amistad a través de su afinidad por el teatro aficionado.
A todo esto
-cuenta la historia oficial- que en ese inmueble vivió el maestro Cayetano
Alberto Silva, compositor de la “Marcha San Lorenzo”. Pero al
decir de Natalio, esa versión es errónea, por cuanto el maestro Silva habitaba
en una pequeña y modesta vivienda que había en los fondos del terreno y no en
la de sus padres. Con ironía divertida comentó: “A no ser que Silva haya
sido el amante de mi madre...”. Pero no hay que tomar esta afirmación con
demasiada rigurosidad. Simplemente es un comentario.
Volviendo a
mi relato, Nélida fue mi primera maestra y junto con mis hermanas Shiela y
Patricia cursé los primeros grados en su casa, hasta que nos enviaron al
colegio. Cuando nosotros íbamos a clase, había alumnas de la escuela
fiscal 498 que asistían para reforzar su aprendizaje, entre ellas Edith
Orlandini, una chica con síndrome de Dawn, pero para nosotros era una más entre
los alumnos, no se hacía distinción, si bien todos sabíamos que su capacidad
era limitada. Tal vez se debía a que todos la conocíamos y no nos era novedoso.
Edith tenía una gran sensibilidad y podía entrar en melancolía o desbordar de
alegría. Verla llorar me entristecía mucho, pero cuando le atacaba la risa, era
imparable.
El teléfono
de la casa de Nélida estaba instalado en el vestíbulo donde se dictaban las
clases, y ubicado arriba de una enorme radio de pie que era la admiración de
todos. Un día alguien llamó por teléfono pidiendo hablar con la inquilina de un
pequeño departamento que tenía don Casaponsa en un extremo de la casa. Cuando
la mujer entró al vestíbulo, tomó el tubo invertido, razón por la que no se
podía entender con la persona que estaba en línea. La situación nos causó tanta
gracia, que no podíamos parar de reírnos. Nélida, contagiada, se retiró a su
cuarto llorando de risa. A todo esto, la mujer se había puesto muy nerviosa y
se recalentó con nosotros, increpándonos porque nos reíamos; inmediatamente
entró doña Ramona para indicarle cómo debía tomar el tubo y se dio por
terminado el asunto.
“Tito” contrajo
matrimonio con Mercedes González (ambos fallecidos) y tuvieron un hijo: Roberto
Arduino, actual director de la Escuela Fiscal N.º 238 José Cibelli; Nélida se
casó con Eduardo San Juan (fallecido) y no tuvo descendencia.
Julián Contreras
Empleado
jerárquico de la empresa de ferrocarriles, Julián Contreras era una persona muy
educada y de trato cordial. Tenía conocimientos básicos del idioma inglés y
siempre que nos cruzábamos en el andar me saludaba y pronunciaba algunas
palabras sueltas en inglés, recordando su paso por el “English High
School” que funcionó hasta el año 1948 en el local que actualmente
ocupa el Concejo Municipal de Venado Tuerto. Con anterioridad ahí funcionó la
oficina de Vías y Obras del ferrocarril Mitre.
La vivienda
de Contreras, que estaba ubicada en calle Uruguay 640/50, fue demolida y hoy
hay nuevas construcciones que cambiaron totalmente la fisonomía de la cuadra.
La casa lucía pulcra y ordenada acorde a su propietario, así como su automóvil
cupé Ford/35, de color té con leche que conducía con guantes.
Fue un
deportista destacado en el Club Centenario. Del libro de las Bodas de Oro de
este club, rescatamos el siguiente comentario: “Actuó más o menos 8 años en
el equipo de primera. Fue un jugador hábil y culto, lo que le valió la
distinción de capitanearlo. El club le entregó una medalla de oro que él
conserva con unción beatífica. Siempre lo recordamos con cariño”.
Los Pettarín
La familia
estaba compuesta por los padres y dos hijos varones: Francisco Oscar (a quien
todos conocíamos por “Pocho”) y Hugo. “Pocho” era
muy popular en el ambiente juvenil de aquellos años, mientras que Hugo tenía un
perfil bajo y no era tan amistoso como su hermano. Ambos eran jugadores de
básquet y lo hacían para el Club Olimpia.
“Pocho” trabajó
muchos años en la Cooperativa de Ganaderos del Sur de Santa Fe cuyas oficinas
estaban en Casey y Alvear, mientras que Hugo lo hizo en la fábrica de
cosechadoras Giubergia. Desconozco otros datos laborales.
Años más
tarde, “Pocho” se dedicó a las carreras de regularidad con mucho éxito.
Lo hizo a nivel nacional e internacional, compitiendo con grandes amigos como
navegantes, entre ellos Juan Carlos Irigaray y Jorge García Asin. Participó en
más de 600 carreras, fue campeón argentino en cuatro oportunidades, ganó dos
veces las 24 Horas de Argentina; triunfó también en Uruguay y se coronó Campeón
Sudamericano de la especialidad.
El 20 de
junio de 1992 será recordado por siempre por los venadenses. Ese día Francisco
Pettarín y Jorge García Asín, tuvieron un accidente en cercanías de Bragado,
cuando competían por el campeonato nacional. Ese día llovía torrencialmente y
chocaron con un camión vaquero. Ambos sufrieron lesiones de gravedad,
fundamentalmente ‘Pocho’, quien estuvo internado en Rosario y
recién a los tres meses recuperó la memoria. Tanto Pettarín como su amigo
García Asin, siempre recordaron esa fecha como la de “volver a nacer”.
Francisco “Pocho” Pettarín
falleció el 16 de julio de 2018 a los 82 años.
Jorge Julio
García Asín "El cordobés" falleció el 13 de
noviembre de 2019 a os 79 años
Los Raczkowski
La familia
Raczkowski vivía sobre Avda. Alem (frente a nuestra casa) y estaba compuesta
por Don Juan, Doña Julia y sus hijos Elena y Miguel.
Miguel era
un chico de “mucha polenta”, inteligente, y, sobre todo, astuto. Le gustaba
jugar al fútbol y jamás retrocedía ante cualquier contrincante que osara
desafiarlo a boxear. Tenía dos aficiones: La lectura de revistas de aventuras
(que compraba en cantidades) y el cine; se conocía todas las películas recién
estrenadas y sus protagonistas. Íbamos a la matinée del cine Verdi los domingos
a la una de la tarde, donde nos juntábamos para ver películas de cowboys y otra
que pasaban de a dos capítulos por domingo. De manera que nadie quería perderse
la continuación y mucho menos la final; era una manera de mantenernos cautivos,
casi obligados a volver al domingo siguiente. De manera que allí estábamos
todos apiñados haciendo cola a los codazos para ingresar antes que empezara la
función. Esas películas seguramente Miguel ya las había visto, pero él no
quería quedarse solo en el barrio, quería estar en el ruido y se acoplaba al
grupo para compartir la fiesta. Una vez nos dijo que había ido a ver la
película “Las Minas del Rey Salomón”, y por las dudas, nos
aclaró que “las minas” no eran mujeres, sino de oro.
Él estaba
en todas. Los álbumes de figuritas los tenía casi completos, porque las “difíciles”, que
habitualmente eran una, dos o a lo sumo tres, de algún futbolista y/o artista
famoso, no eran fáciles de conseguir. Miguel se recorría los almacenes del
barrio buscando encontrarlas. Los almacenes que vendían las figuritas eran los
de don Fermín Luiz, el de Don Kun, el de las familias Lapenta y Beluardi, y
algún otro que en este momento no recuerdo. También se podían comprar en la
perfumería “Kleiber” (que nosotros llamábamos farmacia) y estaba en calle
Falucho, entre Inglaterra y Uruguay. Recuerdo que compraba entre diez y quince
paquetes y mientras caminaba los abría buscando las difíciles y desechaba las
repetidas, en tanto Hugo Touma y yo las juntábamos para nuestra colección. Los
álbumes se repartían gratuitamente, pero después había que comprar las
figuritas que no eran caras, pero había que adquirir en gran cantidad porque
venían muy repetidas. Miguel descartaba las de papel y se quedaba con las de
cartón porque las necesitaba para jugar y a la vez canjear por las que le
faltaban. Aunque había algunas de las redondas que salían tan repetidas que
también las tiraba porque no le servían para canjear.
No sé si
existen todavía estos juegos. Pero los álbumes venían para pegar figuritas
cuadradas de papel, que eran del mundo de la anatomía, fauna, flora, historia y
geografía y luego estaban las de cartón, que eran redondas y abarcaba a los
futbolistas, artistas y políticos de turno, que también tenían un espacio en el
álbum.
El polaco fue uno de aquellos muchachitos que crecían de golpe, y como dije antes, no retrocedía ante las adversidades. En la esquina sur de calles Chile y Runciman, vivía una familia muy numerosa de apellido Videla. Don Videla y sus hijos mayores eran hombres de a caballo. Todos muy buenos jinetes que manejaban los animales con gran solvencia. Uno de ellos, el mayor, tuvo la desgracia de sufrir la amputación de una oreja a causa de la mordedura de un caballo mañoso. Para cubrirse la parte lastimada usaba una gorra de lana ladeada, lo que no era muy elegante y encima le daba un aspecto misterioso. El muchacho era de pocas pulgas y cuando alguien le hacía una cargada respecto a su lesión -con justa razón- se ponía cabrero. Un día como tantos, cuando nos reuníamos todos los pibes en la esquina del baldío de Alem y Uruguay, pasó Videla raudamente a todo galope -como lo hacía habitualmente- y no faltó quien le gritara “Oreja y media” (que era el apodo que le atribuyeron los vagos del barrio). ¡Para qué! Frenó el animal y se volvió como tiro hacia donde estábamos nosotros. No quedó ni uno, salvo Miguel que permaneció sentado en el suelo como si no pasara nada. Los demás nos refugiamos entre unos matorrales de un baldío ubicado entre las casas de Maderna y Colussi, lugar donde no podía entrar Videla a caballo. Desde nuestro escondite observábamos la acción. Miguel permanecía inmutable, mientras Videla le daba vueltas alrededor con el caballo brioso. Algo se decían mutuamente, y en un ratito nomás, Videla se alejó a todo galope. Según supimos luego, Videla lo desafió y amenazó con darle un rebencazo, pero Miguel le dijo que si quería pelear tenía que ser “a mano limpia”. Videla le respondió que tenía que ir a trabajar y que con él no era el entripado, pero que le dijera a los “otros cagones” que donde los encontrara los iba a cagar a palos. Desde ese día para los más chicos, “oreja y media” era como un fantasma que rondaba permanentemente el barrio. Particularmente, yo le tenía terror.
| Flia. Raczkowski |
En otra
ocasión, cuando salíamos a cazar con las tramperas, pasamos frente a un monte
frutal. Las plantas estaban recargadas de duraznos pintones. La tentación fue
superior a nuestras fuerzas y nos zampamos a chorear duraznos. Recuerdo que
Hugo me dijo: “No alcancé ni a tocar el primero cuando se oyó el estampido”.
Efectivamente, el dueño de la quinta nos estaba bichando y apenas nos vio
ingresar comenzó a los escopetazos. Un tiro fue suficiente para que saliéramos
rajando para meternos en el potrero lindero lleno de cardos, pero el gringo
seguía ametrallando al aire. Corrimos desesperados un buen tramo y recién
paramos en el otro extremo del potrero con salida a otra calle. Estábamos
julepeados y con espinas hasta en el culo. A todo esto, recién nos habíamos
percatado de que Miguel no estaba con nosotros. ¿Adónde se habría metido? ¿Lo
habría apresado el dueño del monte? Nuestras cabezas volaban a mil en
conjeturas. Allí permanecimos un buen rato hasta que finalmente decidimos
emprender nuestro regreso. Cuando avanzamos unas cuadras, lo encontramos a Miguel
sentado a la sombra de un árbol. ¿Qué había pasado? El muy pícaro, antes de
entrar al monte, se quitó la remera (de color amarillo furioso) y cuando
sonaron los disparos, él salió con toda parsimonia, y una vez afuera se volvió
a calzar la remera. Actuaba con tanta habilidad, que le hizo creer al
quintero que él no había entrado. Convencido de su inocencia, el gringo le
regaló unos duraznos y le aconsejó que no se juntara con “esos
chorros”.
Sus abuelos
maternos, también de origen polaco, vivían en la ciudad de Córdoba, lugar
adonde siempre iba a veranear la familia. Córdoba era inalcanzable para mí en
aquellos años y me encantaba escuchar lo que nos contaba sobre las sierras y
ríos cordobeses. A mí me resultaba muy difícil imaginar ese panorama, ya que
fui por primera vez a Córdoba en el año 1961, a los 19 años, cuando ya me
ganaba mi propio sueldo.
Más tarde
Miguel se fue a trabajar a la ciudad de Rosario, y si bien tuvo contratiempos
en la vida, finalmente se radicó en Córdoba, donde formó familia y tuvo
descendencia.
La última
vez que lo vi fue para el sepelio de su papá, que falleció el 15 de enero de
1993. Hablé con él un rato prolongado, pero ya no era el Miguel que yo conocí.
Lo vi muy menudo, contrariamente al recuerdo de su físico corpulento y vital.
Sentí mucha pena y hasta diría “desilusión” al verlo tan apagado, tan
silencioso. Tal vez haya sido por el momento triste que estábamos compartiendo,
pero al margen de ello, me costó identificarlo a simple vista. Era otro Miguel,
no era el que yo conocía. Tal vez alguna vez volvamos a encontrarnos para
recordar aquellos días de nuestra adolescencia. Sin dudas, el paso de los años
nos hace ver las cosas muy distintas a como las veíamos entonces.
Miguel
Roque Raczkowski (q.e.p.d.) Falleció el 01/11/2011 conf. a.s.r. y b.p. - Tu
esposa Teresa Perez, tus hijos Jorge, Verónica, Marcela, Soledad, Carolina y
Mónica, tus hijos políticos, nietos Juan Cruz, Evelyn, Aldana, Melanie, Maira y
Ludmila, tu hermana y hermanos políticos, sobrinos, y demás deudos, invitan a
sus relaciones al sepelio de sus restos que se efectuará en el cementerio
Parque Catedral (Crematorio). El cortejo partirá a las 13:00 hs. C.M.: Juan B.
Justo 2306 sala B. Cobertura: Caruso Compañía Argentina de Seguros S.A.
Servicio: JUAN CARUSO CASA FUNERARIA.
Aviso
publicado por un periódico de la ciudad de Córdoba el 02-11-2011 13:11:42
Gastronomía
Cuando a mi
viejo le preguntaban si le fue fácil acostumbrarse a la gastronomía argentina,
su respuesta era espontánea: “No hay mejor comida en el mundo que el asado
criollo”, lo que quería decir es que no tuvo ningún inconveniente a “adaptarse”
a la gastronomía argentina. Eso sí, no dejó de comer papas hervidas con
cáscara, sea cual fuera el menú. Cuando hacía un asado en casa, siempre había
papas para acompañar, costumbre que heredé. Adquirió la habilidad de asador
cuando trabajaba en el ferrocarril. Como todo maquinista, iba de un lado a otro
y cada tanto le tocaba hacer el asado para el grupo de compañeros alojados “en
las piezas”, que en la jerga ferroviaria eran los hospedajes de los
maquinistas. Para ilustrar mejor, “El Siglo XX”, que era una
fonda y hospedaje en épocas pasadas y se encontraba en la esquina Oeste de
Sarmiento y Falucho, era un lugar reservado para los empleados ferroviarios que
estaban de paso por Venado Tuerto y que debían pernoctar para luego retomar
servicio al día siguiente.
No hago
este comentario para hablar de mis gustos gastronómicos y de dónde provienen,
sino que, como mi padre, creo que nuestro asado es el mejor plato que podemos
degustar, eso sí, siempre con papas. Esto no quita que la cocina italiana, por
nombrar una, sea una de las más sabrosas. Pero al margen de estas preferencias,
sea cual fueren, a mí me encanta la comida árabe. Cuando se realiza la feria de
las colectividades, el primer stand que visito para comer algún manjar exótico,
es el de la comunidad árabe. Allí me saco el gusto de saborear las exquisitas
empanadas árabes y los famosos kipes, hechos a base de carne picada, trigo
burgol (grano partido precocido), cebolla, pimiento morrón y condimentos
aromáticos que, ingeridos con un buen vino tinto, son una delicia.
Los Touma
Y hablando
de comidas árabes, no puedo dejar de recordar a mis amigos y buenos vecinos:
Los Touma.
La familia
Touma Ascar, de origen árabe por ambas partes, estaba compuesta por don Elías,
doña María y sus hijos: Emilia, Rodolfo, Alfredo y Hugo. Con Hugo éramos
compinches, él era tres o cuatro años mayor, y la garantía con la que yo
contaba para permanecer en la esquina con el resto de los chicos del barrio. Si
estaba Hugo, no había problemas para quedarme cuanto tiempo quisiera, pero
cuando Hugo se retiraba yo debía hacer lo mismo. Era la norma y se obedecía.
La primera vez que fui a una peluquería fui acompañado por Hugo, que ya era un experto en manejarse por su cuenta. Mi madre le dio a Hugo las monedas para que pagara el corte y Doña María, la mamá de Hugo, le recomendó que preguntara el precio antes de pagar, porque los precios iban en aumento. Y así fue como sucedió, cuando Hugo preguntó el precio debió rescatar otras monedas que llevaba en su bolsillo, porque el costo ya no era el mismo que él había pagado la última vez que se cortó el cabello.
El peluquero era don Garavagna que tenía la peluquería en calle Sarmiento a media cuadra de la recordada fonda “Siglo XX”, cuyo edificio original todavía permanece en la esquina de Falucho y Sarmiento bajo otro rubro.
Recuerdo que, al sillón de la peluquería, el peluquero le colocaba un banquito para aumentar la altura y poder trabajar mejor con los niños.
Tengo en mi
memoria muchos lindos recuerdos de la familia Touma. La impecabilidad de la
casa y el aroma a hierbas aromáticas, albahaca, orégano, laurel, que se
percibía apenas se ingresaba, además de las frutas secas (higos, ciruelos)
procesados con esmero y paciencia por don Elías. El pan casero, cocido en un
horno de barro, que para calentarlo se usaban plantas secas de maíz, que íbamos
a buscar al campo que estaba a escasas cuadras de nuestras casas.
La actual
calle Estados Unidos (hoy Pte. Perón) era el final de la zona urbana y de ahí
en adelante, todo era campo. Frente a la parroquia del Perpetuo Socorro,
todavía está la antigua casa que perteneció al matrimonio de Juan Tiscornia e
Isabel Iturbide, hermana de don Alejandro Iturbide. Del lado izquierdo de la
casa, estaba la tranquera para ingresar al campo (donde hoy está abierta la
calle 3 de febrero). No sé cuál era el campo al que íbamos, solo sé que era una
fiesta para nosotros porque arrastrábamos un carro liviano de ruedas altas, y
lo llenábamos de rastrojo que, como dije, se utilizaba para calentar el horno
de barro que los Touma tenían en el patio.
Pan Casero
La masa se
comenzaba a preparar muy temprano, con todo el proceso que requiere su
elaboración. Al día siguiente, muy temprano, don Elías prendía el fuego en el
horno y una vez con la temperatura adecuada, lo limpiaba y comenzaba a meter
los panecitos para su cocción. Terminada la horneada, se abría la puerta y
llegaba el momento más esperado: Ver el resultado de todo un proceso que había
demandado un gran esfuerzo y que ahora se compensaba con la belleza de esos
panes dorados y crocantes listos para el consumo. Un trabajo artesano
hecho con el máximo aseo y prolijidad.
Otra cosa que hacían los Touma era la mantequilla o quesillo, que procesaban con leche cuajada, además del yogur. Recuerdo que solían dejar una bolsita de tela blanca con cuajada colgada a la sombra de la parra, para que se le fuera escurriendo el suero. Con Hugo nos poníamos abajo con la boca abierta para recibir el goteo que tenía un sabor salado agradable. Un juego de chicos. El quesillo untado en el pan era riquísimo. Jamás pude conseguir uno igual o semejante a pesar de la gran variedad que se ofrecen actualmente en las góndolas.
| Mi amigo Hugo Touma con su mamá |
La Tienda
Doña María
abrió una tienda con el nombre de ‘Santa Elena’, símil de ‘Tienda Santa Rosa’,
propiedad de su hermano Naya Chaín Ascar que supo estar en calle Iturraspe y la
cortada de Azcuénaga. Posteriormente se trasladó a calle Belgrano 140. Doña María
tenía un cuaderno donde hacía las anotaciones de las ventas, pero curiosamente
las hacía en idioma árabe, que luego sus hijos transcribían al castellano. Me
gustaba mirar ese cuaderno por la prolijidad de escribir de derecha a izquierda
con rasgos cursivos.
Actualmente
es una gran ventaja tener traductores en la computadora. En el traductor Google
escribí: ‘Cómo me gustaría volver a la infancia’ y me apareció
esta escritura en árabe: كيف يرغبون في العودة إلى الطفولة,
es realmente sorprendente. Si bien a las traducciones hay que hacerles los
arreglos de sintaxis, no por ello deja de trasmitirnos el mensaje
aproximado de lo que se expresa. ¡Es fascinante! Si algún lector sabe leer
árabe, seguramente podrá hacer los arreglos que correspondan a este párrafo. No
sé si alguno de mis amigos Touma lee y/o escribe árabe, pero sé que lo
entienden. Uno de sus primos, Roberto Ascar, lo hablaba -según me lo han dicho-
con bastante fluidez. Una vez me enseñó algunas palabras, entre ellas: العزيز,
que quiere decir querido/a y se pronuncia algo así como “yaja bibi”, también
me enseñó otras más que ahora no recuerdo, seguramente subidas de tono. Me
encantaba oírlo hablar, porque él lo hacía con gracia y en tono festivo.
El Diario
Siempre
tuve el 'berrinche' de ser periodista y/o escritor, pero nunca llegué a
concretar este anhelo, aunque todavía tengo rasgos que me hacen pensar que
algún día será realidad; dicen que la esperanza es lo último que se pierde.
Calculo que tendría unos 10 años cuando hice un pequeño diario de cuatro
páginas (tamaño carta) y no sé qué boludeces escribí, pero en la contratapa
inserté las propagandas de la “Tienda Santa Elena” y la del Taller de Camas de
don Severino Colussi. El diario, que se llamaba algo así como “El
propagandista” era escrito a mano, porque las máquinas de escribir no
existían en las casas de familia, solamente había alguna que otra en los bancos
o empresas importantes. La cuestión es que, terminado el diario, lo ensobré y
se lo mandé por correo postal a Alfredo Touma. No sé qué pasó después, pero
todos se rieron de la ocurrencia.
Sin dudas,
los Touma heredaron directamente de sus padres las tradiciones árabes. El kipe,
el yogur, los higos secos, el pan casero, los condimentos en sus comidas, como
el laurel, la albahaca, el pimiento morrón… Todo un cúmulo de aromas que
imprime el sello originario de esta familia con la que guardábamos una buena y
respetuosa amistad vecinal.
Los Colussi
La familia
Colussi-Tossi revolucionó el barrio. Provenía de la localidad de Villaguay
Pcia. de Entre Ríos, aunque la señora pertenecía a una familia de Venado
Tuerto. Tal vez se me pase por alto algún nombre, pero recuerdo que Don
Severino Colussi y su señora eran los padres de: “Tata”, Dante, Lily, Rodolfo
“el Nene”, Ángel “el Titi” y Hortensia. Todos contrajeron matrimonio y tuvieron
descendencia. Los mayores, “Tata” y Dante se fueron a trabajar a Buenos Aires
en la década del 50.
Dante, el
mayor, había hecho cursos de dibujo por correspondencia y tenía gran habilidad
para hacer los trazos, por ejemplo, de un rostro. Con un palito dibujaba sobre
la tierra el rostro de una persona, una figura humana o la de un animal con
gran habilidad. Los hermanos Colussi daban la nota durante las fiestas de
carnaval. Todos eran habilidosos para construir máscaras y participaban
activamente en los corsos. Eran muy buenos nadadores. Provenían de una
provincia de ríos caudalosos y acá nosotros la única alternativa que teníamos
era ir a la pileta municipal donde se llenaba de gente y no existían clases de
natación como en la actualidad. Ellos nadaban con toda naturalidad y no podían
concebir que yo no supiera nadar.
Don
Severino era un italiano muy activo e ingenioso. Inició su actividad comercial
instalando un taller de camas, al que luego anexó la compraventa de muebles,
ropa, calzados, y un local de empeños.
El agua
extraída de las napas (como se comprobó 40 años más tarde) no era de buena
calidad. Recuerdo que mi madre decía que el agua “cortaba” el
jabón, y no se podía lavar la ropa. A causa de esto, mi viejo compró un tanque
enorme de cemento (que todavía está en mi casa paterna) para juntar agua de
lluvia, que luego se utilizaba para lavar la ropa. Don Colussi fue más allá.
Excavó un enorme aljibe rectangular que revocó con cemento (cual si fuese una
pileta de natación) y lo cubrió con una loza. Allí acumulaba agua de lluvia,
que luego extraía con un bombeador.
Don
Severino iba siempre adelantado a los tiempos. Compró un pequeño lavarropas
y lo montó sobre cuatro ruedas para ir a lavar la ropa a domicilio. Enganchaba
el lavarropas a su bicicleta e iba adonde era requerido, dejaba el lavarropas
el tiempo solicitado y luego lo iba a retirar con un costo determinado de
acuerdo con el tiempo de uso. Tenía mucha clientela.
Era muy
querido por todos los pibes del barrio, a tal punto que se prendía y jugaba al
fútbol en los picaditos diarios del campito. La casa de los Colussi era nuestro
lugar de encuentro favorito. Íbamos a escuchar a Mario Millán Medina por radio;
para ellos un ídolo ‘chamamecero’ que nosotros desconocíamos.
Años más tarde se hizo famoso por sus canciones “El Rancho e’ la
Cambicha”, “El Sargento Sapo”, “El Colimba” y otros chamamés.
También se armaban grandes mesas de truco y chinchón. Cuando el grupo era
numeroso don Severino comandaba el juego de lotería (tómbola) y todos nos
divertíamos.
Don
Severino Colussi falleció a los 62 años el 22 de diciembre de 1969 y su esposa,
María Tossi, el 8 de septiembre de 1983. Para los Colussi-Tossi este recuerdo
afectuoso.
Por qué soy hincha de San Lorenzo
Un día con
Rodolfo Colussi (El Nene), fuimos a juntar hojas tiernas de unas plantas
de mora que había en el baldío lindante al terreno del tropero Rodríguez, para
alimentar los gusanos de seda que criábamos en cajas de zapatos. Era muy común
en aquellos años que los chicos tuviéramos estos bichos, como también
germinadores donde podíamos observar el desarrollo de las semillas. "El
nene" Colussi era hincha de San Lorenzo y me preguntó de qué
cuadro era simpatizante, a lo que respondí que no tenía ninguno en particular,
aunque creo que en mi casa mis hermanos eran partidarios de Boca Juniors.
Entonces me dijo, "si te hacés hincha de San Lorenzo te regalo una
foto de todo el equipo". Me gustó la idea y me convertí en
sanlorencino cuando me regaló esa hermosa estampa a doble página central de la
revista "El Gráfico" la que guardé por muchos años. En esa foto
estaba José Sanfilippo, a quien también apodaban "El Nene".
Eso fue alrededor de 1953/54. Hoy sufro horrores cuando juega el equipo y veo
que no lo hacen bien, pero gozo a pleno cuando sus jugadas son de "buen
fútbol".
Hoy Rodolfo Colussi, "El Nene", tiene su imprenta en ese
mismo baldío sobre calle Uruguay.
Don Lauro Rodríguez y doña Aída
Lauro
Rodríguez trabajaba en Molinos Fénix. Hacía el reparto de los productos de la
empresa por toda la zona en un camión Ford o Chevrolet modelo 46. Por la mañana
temprano lo veíamos marchar a trabajar y muy de noche regresaba a su casa
caminando lentamente. Estaba casado con doña Aída y hacían una pareja muy
sociable y estimada por los vecinos. Con los años don Lauro enfermó y debieron
amputarle ambas piernas, entonces su carácter había cambiado radicalmente. No
era la misma persona. Seguramente el sufrimiento causado por la enfermedad lo
trastornó. Digo esto porque una vez fui a ver al matrimonio y lo encontré muy
alterado. Me dio mucha pena verlo imposibilitado porque, se sentaba sobre un
almohadón y con dos palos se ayudaba para avanzar arrastrándose por el suelo.
Luego se hizo de una pequeña moto-triciclo y se desplazaba cómodamente por las
calles de la ciudad. Un recuerdo para ambos que fueron, repito, muy queridos
por el vecindario.
Los Baldenebro
La familia
Baldenebro, a las que muchos, por desconocimiento, llamaban “Baldenegro”, estaba
compuesta por cuatro mujeres y un varón. Desconozco si hubo más integrantes en
la familia, yo solamente tengo registrados a cinco.
El varón se
llamaba Salvador, que era una persona de naturaleza delgada, y mientras se
mantuvo soltero, vivió con dos de sus 4 hermanas en la casa paterna de calle
Chile esquina Tucumán. Una de ellas, cuyo nombre no recuerdo, se casó con
Zabala, madre de “Tincho” que trabajó en Giubergia y luego en la
Coop. de Electricidad; María, portera de la Escuela Fiscal 498, que se casó con
Juan Pérez, a la sazón primo de los Baldenebro, que trabajó de constatador de
medidores en la antigua Usina Popular de Electricidad y que se jubiló cuando se
transformó en Cooperativa, lugar que luego ocupó don Ángel Teglia.
Después le seguía Palmira, que quedó soltera, y una cuarta que no vivía en
Venado Tuerto, pero que cada tanto visitaba a sus hermanos, y a quien los vagos
del barrio bautizamos “la siete colores”, porque tenía un saco de variados
colores, muy llamativo; de ella tampoco tengo el nombre.
María,
seguramente fue compañera de trabajo de doña Rosa Molina, la otra portera de la
escuela. Quienes hayan concurrido a la Escuela Bernardino Rivadavia (llamada
Escuela Moore, en alusión a su primer director) las recordarán, porque eran
mujeres muy queridas por todos los alumnos. A doña Rosa Molina la sucedió su
hija “Rosita” en la portería de la escuela.
María
Baldenebro tenía facciones muy lindas, de modales suaves y delicados, además
muy simpática; usaba anteojos “sin marco” (como decíamos entonces) que le daban
prestancia. Todos los días al atardecer, cuando regresaba a su casa, pasaba por
la esquina de Alem y Uruguay. Un día (como tantos otros) llovió torrencialmente
y como de costumbre, la avenida Alem -que todavía es el canal de desagüe hacia
el Parque Industrial- se inundó de vereda a vereda y nadie podía cruzar sin
mojarse hasta las rodillas. Entonces mi hermano Donaldo construyó una pasarela
con ladrillos y tablones que unía el puente de don Noi Casaponsa con el
nuestro y ayudaba a la gente a cruzar sin mojarse. El tema es que cuando llegó
María, Donaldo la ayudó a cruzar y cuando llegó al otro lado, ella sacó unas
monedas de su delantal y “pagó el peaje” ante la sorpresa de los que
presenciábamos la acción y la alegría de mi hermano que se entusiasmó con el
negocio.
A quien
conocí muy bien fue a don Salvador que, como dije antes, era de físico muy
delgado. Cuando los pibes del barrio nos reuníamos bajo el farol de la esquina,
esperábamos que pasara a su regreso del Club Olimpia donde jugaba a las bochas,
para pedirle que nos mostrara sus habilidades acrobáticas, a las que él accedía
sin problemas. Daba un brinco y se ponía patas para arriba y “caminaba con las
manos”, además de hacer verticales y manejar los zancos con gran agilidad. Su
contextura delgada y flexible, le permitía contorsionar el cuerpo a su
antojo. Años más tarde, cuando entré a trabajar a la Cooperativa de
Electricidad, era el encargado de una cuadrilla de la extensión de redes.
Hombre tranquilo y de pocas pulgas, cumplía con su trabajo con mucha
responsabilidad. El grupo de jóvenes que habíamos entrado a trabajar a
principios de 1960, nos divertíamos durante los asados de camaradería que se
organizaban en el sindicato de Luz y Fuerza. A los postres, Baldenebro recitaba
poemas gauchescos, además de cantar algún tango o milonga; y una vez que estaba
embalado, le pedíamos que cantara “El bichito del amor”, una especie de
ranchera cuyo estribillo decía algo así como “el amor es un bichito,
que se mete despacito…”, lo que todos repetíamos una y mil veces después de
cada estrofa cargada de picardía. ¡Era para morirse de risa!
Don
Salvador Baldenebro se unió en concubinato y durante muchos años fue el
“casero” del Sindicato de Luz y Fuerza, cuando el gremio adquirió la casa de
Alvear 1161, propiedad de la familia Homar. Luego comenzaron los trabajos
de ampliación del edificio y don Salvador se mudó a la vivienda que se le había
adjudicado en el Barrio Cibelli. Aclaro que cuando subrayo el tema del
concubinato, lo hago para señalar que en esos años (60/70) se discutía mucho
sobre los derechos de la concubina a percibir los servicios sociales de su
compañero, conquista que se logró reglamentar en esa época. Desconozco cómo
está la ley actualmente, pero en aquel entonces, el o la concubina, debía
justificar su unión por un tiempo mayor a 6 años para que se le reconocieran
los beneficios. Los hechos que relato tuvieron lugar en las décadas del 60/70.
Salvador
Baldenebro enfermó y fue sometido a una intervención quirúrgica de la que no se
repuso totalmente. Falleció el 4 de noviembre de 1974 a los 58 años. Hoy no
puedo creer que haya muerto tan joven, porque para mí, era un hombre muy
mayor. Está en la naturaleza humana, que los jóvenes vean a sus mayores
más viejos de lo que son.
ESLAVOS
Los Dragichevich/Paulich
Continuando
con mis recuerdos barriales, tengo en mi memoria a la familia Dragichevich, a
quienes teníamos como originarios de la ex Yugoeslavia, actualmente dividida en
seis estados y un séptimo todavía en litigio. Tengo un leve recuerdo de los
padres de familia, que hablaban muy atravesado el castellano y que, para
nosotros, resultaba incomprensible. En cambio, sí recuerdo a sus hijos Pedro y
Emilia. Pedro trabajó en la Oficina de Ingenieros del Ferrocarril Mitre y tuvo
activa participación en la comunidad venadense. Actuó en diversas asociaciones
civiles, y fue dirigente del MID (Movimiento de Integración y Desarrollo),
después de registrar su paso por las filas de la UCRI (Unión Cívica Radical
Intransigente) que lideró Arturo Frondizi. Pedro contrajo matrimonio y tuvo
descendencia. De contextura delgada y de gran altura, era de un andar lento y
pausado; medía sus palabras con diplomacia, y era de aquellas personas con las
que era fácil entablar conversación, porque estaba con la información al día.
Su hermana Emilia era un arquetipo de simpleza y bondad. Vivían en la esquina
norte de calles Uruguay y Tucumán, en una humilde vivienda protegida por
grandes sauces llorones. Sus padres tenían vacas lecheras que soltaban a la vía
pública y solitas si iban a pastar al campo, que estaba a escasas cuadras de
nuestras casas. Me quedó grabada en la memoria el llamado que le hacía su madre
a Pedro, cuando a la puesta del sol le ordenaba en voz alta que fuera a buscar
las vacas para el ordeñe. Era algo así como: “¡Pietro, pinchiquitoli!” Y
Pedro salía lentamente hacia el campo; al rato volvía arreando las vacas
mansamente, sin ningún problema, ellas conocían el camino de regreso y eran muy
mansas.
Emilia
ayudaba a su mamá en las tareas de la casa y hacía también trabajos rudos junto
a su padre. El interior de la casita era de una impecabilidad admirable. Todo
almidonado y pulcro. Digo esto porque el piso era de tierra y la casa de adobe.
Ese era el gran problema de Emilia, que no dejaba de ahorrar para lograr
edificar su casa de material. Emilia se casó con Hugo Fina, y tuvieron
descendencia. Eran bellísimas personas.
Siempre nos
reuníamos en el patio que había al costado del ranchito, a la sombra de los
sauces, frente a la casa de los Roldán, donde fue asesinada la señora, y cuyos
sucesos narré anteriormente.
Un día en
pleno verano estando sentados sobre la gramilla, recibimos la triste noticia
del fallecimiento de Norma Paulich. La habían operado de apendicitis en el
hospital Alejandro Gutiérrez y falleció después de la intervención. Se decía
entonces que era porque había bebido agua, lo que no estaba permitido.
En un
diario de mi hermano Eduardo, encuentro la fecha de fallecimiento de don Juan
Dragichevich: 08 de abril de 1952, el mismo día que don Antonio Dotto, “el
marlero”.
Los Paulich
eran de San Eduardo y eran siete hermanos: cinco mujeres: Mileve, Celia, Vera,
Ana y Norma; y dos varones.: Slauko (apodado Cuso) y Drauco. Vera y Ana
estudiaron en el Colegio Santa Rosa y Cuso en el Colegio Sagrado Corazón.
Drauco había instalado una carpintería a mitad de cuadra de la calle Tucumán
(entre Inglaterra -hoy 2 de abril- y Uruguay) y una vez tuvo un accidente
con una sierra que le afectó una mano.
Como cité
anteriormente, Norma Paulich falleció joven, y antes de internarse para la
operación, me regaló una estampa religiosa, la que todavía conservo frente a mi
computadora junto a otra del Sagrado Corazón y de María Teresa Ledóchowka,
beata de origen polaco, de quien soy devoto desde mi adolescencia. Guardo esta
estampita con gran devoción, porque siento que fue como una despedida de Norma,
que debió haber sido muy niña cuando falleció. No sé en qué año fue, pero yo
tendría 5 o 6 años, no más, por lo que estaríamos entre los años 1947/48.
También en
esa época (más o menos 1946/47) estando reunidos en el mismo lugar, llegó
Héctor Armesto Albizú para despedirse porque se iba al servicio militar. Era
costumbre que los muchachos reclutados fueran a saludar a sus vecinos antes de
partir y ese día camino a la estación ferroviaria, fue a darnos su adiós a los
allí reunidos. Doña Manuela, la madre de Héctor, lloraba a mares, como lo
hacían todas las madres cuando sus hijos partían. En aquellos tiempos los
reclutados eran enviados a zonas alejadas de su lugar de residencia, los
militares hacían una especie de cruzamiento para darle más gusto al desarraigo
y fortificar el carácter del individuo. Generalmente los de esta zona eran
enviados a Corrientes (Goya, Curuzú Cuatiá, Monte Caseros por citar algunos) y
otros a Formosa, lo que hacía que regresaran de licencia una sola vez al año
hasta que fueran dados de baja definitivamente, cosa que sucedía un año y meses
después, siempre dependiendo del estado anímico de los militares, que ya en
aquellos tiempos andaban en asonadas “revolucionarias”, tanto como para
despuntar el vicio y mantenerse activos.
Los Pavlovic
Don Miguel
Pavlovic, según la placa de su sepultura, nació el 1º/10/ 1906 y murió el
27/07/1972. Tengo entendido que perdió la vida accidentalmente en su casa de
calle Alem al 646. Don Miguel estaba casado con María Asunta Di Benedetto, hija
del matrimonio Di Benedetto-Di Martino que vivían en Alem 676. Los Di
Benedetto, ya mayores, se mudaron a Iturraspe y Saavedra, esquina oeste, y eran
los padres de uno de los integrantes de la firma Giubergia y tíos por parte de
la señora, de los Di Martino, entre ellos Gaspar Di Martino (corredor de motos)
y Pedro Di Martino, conocido gestor de automotores.
Asunta
tenía un trastorno específico en el lenguaje, lo que hacía dificultosa su
comprensión. Los Pavlovic tuvieron tres hijos: Carlos, Margarita y Alberto.
Carlos era muy reservado, no era de juntarse con los muchachos del barrio.
Tenía pinta de galán, muy parecido al actor norteamericano Rock Hudson. No
recuerdo bien a qué se dedicaba, pero creo que trabajaba en la construcción. La
última vez que lo vi lo noté desmejorado, diría como abandonado en su persona,
sé que falleció muy joven y desconozco si tuvo descendencia.
Después de
Carlos venía Margarita, también muy bella, y como tal tenía muchos
pretendientes. Conozco a un señor que fue su novio formal, con visitas a la
casa y salidas programadas, como se estilaba entonces. Cada vez que me
encuentro con este hombre conversamos generalidades, pero él siempre termina
hablándome de su gran afecto por Margarita, a la que considera “el gran amor de
su vida”. Siempre creí que no habían concretado casamiento por diferencias de
nivel social y/o cultural, pero curiosamente él me confesó que ella fue la que
lo plantó y nunca supo por qué. Si mal no recuerdo, Margarita se
relacionó con un muchacho uruguayo y estaba muy entusiasmada con irse a vivir
al país vecino, donde aparentemente residió un tiempo, pero no debió haber
prosperado porque regresó a Venado unos años más tarde. Tuve oportunidad de
hablar con ella en varias ocasiones cuando trabajaba en la Cooperativa de
Electricidad, pero ella rehuía a toda conversación relacionada con nuestra
amistad barrial. Creo que se sentía cohibida. Es que ya no era la Margarita que
yo conocí, y aunque conservaba rasgos de mujer bonita, noté en ella un dejo de
cansancio. Y continuando con los parecidos entre actores y actrices, Margarita
era idéntica a Marilina Ross, y doña Asunta a China Zorrilla, lo que a todas
luces habla de dos mujeres de facciones muy agraciadas.
Según la
placa de su sepultura en el Cementerio Municipal, Margarita nació el 18 de
enero de 1938 y falleció el 8 de julio de 2011. Muchos apellidos extranjeros
tienen diferencias por haber sido mal registrados cuando ingresaron al país, en
este caso Margarita y su mamá figuran como Paulovich, mientras que don Miguel
está registrado como Pavlovic, apellido de origen croata. Los errores de
redacción en los apellidos son muy comunes y no tienen mayor relevancia con
relación a su origen. En cambio, puede originar problemas legales sucesorios.
En cuanto a
Alberto, que nació en el año 1950, pasó a formar parte de una nueva generación
con la que ya no tuve contacto. No obstante, nos conocemos bien y hablé con él
en reiteradas oportunidades.
A fines del
año 2012, con mi señora solicitamos autorización para hacer arreglos en el
panteón familiar de mi suegra, y en la administración del cementerio, y ante
nuestro pedido de recomendación de un albañil responsable, nos aconsejaron
contactarnos con Miguel Paulovich. Cuando hablé con él me dijo que era hijo de
Alberto y concretamos la ejecución de los arreglos que resultaron
satisfactorios. Unos meses más tarde, más precisamente el 14 de agosto de 2013,
una triste noticia engrosó los anales de accidentes de tránsito: Miguel Ángel
Paulovic de 38 años había perdido la vida en un accidente junto a Diego Claucek
de 28, cuando regresaban por la ruta 8 después de un día de pesca.
Los Bulaich
Los Bulaich
eran dos hermanos: Pedro y Mario. Pedro trabajaba en el Molino Fénix y era
instalador electricista de obras en construcción en sus horarios libres. Tenía
dos hijas. La menor, contrajo matrimonio con Mario Antonelli, que trabajaba en
el ferrocarril, y la mayor se fue a vivir a Cañada de Gómez, por razones
laborales de su marido. Don Pedro y su yerno Antonelli, fueron trasladados por
sus respectivas empresas a la ciudad de Río Cuarto, donde se radicaron
definitivamente.
Mario era
constructor y habitó con su familia la antigua casa paterna. Contrajo
matrimonio con Manuela Sancho, de Carmen, y tuvieron dos hijos: Gerardo Rubén
que se casó con Livia Boccher y Ana María que se casó con Carlos Paz. Ambos
tuvieron descendencia. Gerardo continúa viviendo con su familia en la misma
casa otrora de sus padres y abuelos, donde tiene su herrería.
Tengo un
recuerdo muy particular de los abuelos Bulaich, don Tadeo y su esposa, cuyo
nombre no recuerdo, pero a los que tengo presente en mi memoria, cuando a los
atardeceres se sentaban bajo la galería y conversaban en su idioma natal, que
supongo era yugoeslavo o algún dialecto de la etnia montenegrina.
Don Tadeo
se había fabricado un instrumento musical a cuerda con una lata de aceite
rectangular. Era la caja de resonancia, y cantaba canciones ancestrales
acompañado por su señora que lo hacía con un leve murmullo. Hoy me cuestiono:
¿Cómo fue que no me interesé por preguntarles lo que decían esos versos
cargados de añoranzas? Sin dudas evocaban su tierra ancestral ¿Por qué cuando
uno es joven es tan tonto? ¡Cuántas cosas tendrían esos viejitos para contarnos
de su tierra!
Pero lo
bueno es recordar la belleza de esas personas, vestidas a la usanza antigua, al
mejor estilo de la campiña montenegrina, con sus pañuelos y sombreros cubriendo
apenas sus rostros curtidos por el sol; pieles surcadas por vientos helados que
delataban la dureza de sus vidas y el dolor del desarraigo.
El
instrumento musical fabricado por don Tadeo, es muy probable que haya sido un
“Guzla”, que tiene forma de guitarra y consta de una sola cuerda; generalmente
lleva tallado en la cabeza del mástil un águila o cualquier otro animal. Se
toca frotando la cuerda con un arco para animar las canciones. Es un símbolo
cultural de los ilirios, habitantes de Ili. Este instrumento se puede localizar
en el territorio montañoso de Bulgaria, Serbia, Montenegro, Ostdalmatien,
Bosnia-Herzegovina.
Los Buratovich
En la
esquina Este de calle Inglaterra (hoy 2 de abril) y Runciman, frente al actual
puente peatonal, vivía la familia Buratovich. Eran varias hermanas muy buenas
mozas, y una de las cuales contrajo matrimonio con uno de los hermanos
Rodríguez, propietarios de la estación de servicio YPF de la antigua Terminal
de Ómnibus (Moreno y 25 de mayo). La fecha de casamiento fue el 26 de
julio de 1952. Ese día era sábado y a las 20:25 moría María Eva Duarte de
Perón, la esposa del presidente de la República.
Esa noche,
mientras se desarrollaba el festejo en el domicilio de la novia, recibieron la
visita de un grupo de personas integrantes de la CGT y del Partido Peronista
locales acompañados por un piquete policial, que los conminó a suspender la
fiesta debido al fallecimiento de Evita.
Hoy podemos
poner en duda aquella actitud, pero el hecho es verídico. Esa noche, el grupo
mencionado, salió a recorrer la ciudad para clausurar todo evento que pudiera alterar
el clima de recogimiento que debía guardarse por el fallecimiento de la esposa
del presidente, conforme al duelo nacional decretado por el gobierno. La
mención de este suceso es simplemente para marcar un hecho que hoy aparece como
‘insólito’.
ALEMANES
Los Hollmann, Anschütz/Sausmann/Hermann
En el
barrio había dos familias de origen alemán de las que tengo memoria: Los
hermanos Hermann; Alfredo casado con María Noberini, que no tuvieron
descendencia y Juan, casado con Concepción Luiz, padres de Edith, que contrajo
matrimonio con Guillermo Ciani.
La segunda
era la familia Hollmann. De ellos me acuerdo de los hermanos: Ana, que contrajo
matrimonio con Donadío; Marga y Pedro, que formaron parte del elenco teatral de
Patricio Whitty, allá por la década del 50; y de Adolfo, que es un año menor
que yo, y por consiguiente con quien tuve mayor relación, aunque nuestro trato
fue más bien a través de la capilla de la Misericordia, donde concurríamos a
estudiar el catecismo para tomar la comunión. Los Hollman vivían en la calle
Ayacucho, en el Barrio Tiro Federal que estaba un poco más alejado de nuestro
sector. El haber nacido en 1943, le tocó en suerte llamarse Adolfo, época
crítica del Tercer Reich. Según me comentó Pedro Hollmann (para mi sorpresa)
había otro hermano menor que falleció, pero que yo no recuerdo. De quien me
acuerdo es del padre de familia, un hombre de contextura gruesa, no muy alto,
de cabellos blancos y mostachos grandes que conducía con presteza una chata con
dos caballos briosos.
En la primera
mitad de la década del 50, llegaron a Venado Tuerto otras familias de origen
alemán. Muchas de ellas tenían conexión con la empresa Molinos Fénix SA., y se
instalaron en casas que la empresa tenía destinadas para sus empleados. Entre
ellas recuerdo a Rudy Raml con quien tuve amistad en épocas de juventud y los
hermanos Heinneke, ambos alumnos del colegio industrial. Las viviendas
(actualmente existentes) están ubicadas sobre calle Sarmiento, frente al mismo
molino. También sobre calle Sarmiento esquina 3 de febrero, frente a la fábrica
Carelli Hnos., se instaló la familia Anschütz. Eran mecánicos automotores y si
mal no recuerdo, eran dos hermanos. El menor compró la empresa de transporte
urbano de pasajeros en sociedad con los hermanos Grande y prestaron este
servicio durante muchos años, época que se caracterizó por su eficiencia,
manteniendo regularmente las frecuencias del recorrido; entonces nadie (salvo
raras excepciones) llegaba tarde a su trabajo.
Entre este
contingente de alemanes había una familia de apellido Sausmann, que construyó
un chalé a metros de la avenida Alem camino hacia el Parque Industrial, sobre
calle Eterovich. El chalé llamaba la atención porque estaba en pleno campo y
sobresalía por su fina construcción y estilo arquitectónico. Hoy se encuentra
en pie y fue reciclado, aunque al encontrarse rodeado de viviendas ha perdido
la perspectiva vistosa que solía tener.
El
matrimonio Sausman tenía dos hijas: Susana y Teresa. Susana era maestra normal
y ejercía el magisterio, mientras Teresa ayudaba a sus padres en los quehaceres
domésticos. Tenían un autito Mercedes Benz color borravino, de aquellos que
eran utilizados taxímetros y que eran tan numerosos en Buenos Aires y Rosario,
con su tradicional capota color amarillo. Susana se lo ganó en una rifa, algo
muy normal en aquella época en que se hacían grandes campañas benéficas rifando
automóviles. Susana era la que siempre lo manejaba. Además de ir a la escuela,
llevaba a sus padres al negocio que tenían en San Martín entre 25 de mayo y
Maipú, donde posteriormente se construyó la recordada Casa Susy. Ahí Don
Sausmann tenía un despacho de bebidas, donde se juntaban parroquianos al mejor
estilo de un pub actual.
Mi hermano
Donaldo era muy jovencito y estaba noviando con Teresa y en muchas ocasiones
los vi paraditos afuera del boliche, tomados de la mano.
El noviazgo
duró hasta que mi hermano regresó del servicio militar, que lo hizo en la
Marina en los años 1955/56. En la marina el servicio militar tenía una duración
de dos años, pero en ese período la situación social era muy caótica, razón por
la que demoraron seis meses más en darlo de baja; a su regreso debió recuperar
sus estudios y recibirse dos años después que sus compañeros de promoción, a
tal punto que lo tuvo de profesor a “Cachi” Ferrari, que era su compañero de
clase en viejo Colegio Industrial.
Cuando
finalizó sus estudios entró a trabajar en Vialidad Provincial, cuyas oficinas
estaban en 25 de mayo entre Saavedra y España, y donde originariamente funcionó
el Colegio de los Hermanos del Sagrado Corazón. Después que falleció don
Sausmann, la relación entre Donaldo y Teresa llegó a su fin. La familia
Sausmann vendió su propiedad y se fue a vivir a Villa Ballester, Buenos Aires.
He tenido noticias de que Teresa contrajo matrimonio con un marino alemán, que
tampoco prosperó. Ignoro si tuvo descendencia.
Los Cerviño
Vivían en
la casa ubicada en Alem e Inglaterra (hoy 2 de abril) propiedad de
Ferrocarriles Argentinos. Particularmente recuerdo a cuatro de la familia
Cerviño: Mario, Roberto Arturo (que falleció el 31/07/15 a los 82 años), Carmen
Soledad y Angélica del Carmen. Nosotros éramos amigos de Angélica, porque
teníamos más o menos la misma edad. Creo que eran cuatro las hijas, pero yo
solamente tengo registrados a estos cuatro.
Cuando
falleció Evita en julio de 1952, don Cerviño instaló en la ochava de la casa
una gran foto de Eva Perón, muy difundida en esa época, con sus brazos en alto
mirando al infinito, y la enmarcó con una corona de flores. La imagen estuvo
expuesta durante mucho tiempo. Un cálido homenaje que le tributó la familia
Cerviño a Evita.
Eusebio y Ramona Pedrola
Anexada a
la casa de los Cerviño, había otra vivienda a la que se accedía por un
portillo, que todavía está en el paredón del ferrocarril, y era el acceso a un
departamento interno donde se alojaba personal ferroviario transitorio.
Allí vivió
Don Eusebio y Doña Ramona Pedrola, tíos de los médicos. Eusebio falleció el 11
de febrero de 1959 a la temprana edad de 43 años y doña Ramona el 30 de marzo de 1989 (según consta en sendas
placas del cementerio municipal).
Don Eusebio
era un hombre delgado y canoso, de una particular prestancia. Tenía una
bicicleta inglesa color verde de ruedas anchas, que era nuestra admiración y la
que nos gustaría tener algún día. Ser propietario de una bicicleta así era el
súmmum de nuestras aspiraciones. El matrimonio adoptó a un niño, el que en su adultez contrajo matrimonio con una de las hijas del martillero Guillermo Cuel,
cuyos descendientes aún viven a pocos metros de mi casa en el Barrio Cibelli. Fui testigo de su casamiento en la parroquia Inmaculada Concepción.
Los Sedano/Villegas “Pastrana”
Roberto Cerviño era muy compinche de “Legui” Sedano, que vivía también en una casa dentro del predio del ferrocarril que todavía permanece sobre calle 2 de abril antes de llegar a 3 de febrero. Esta casa es más sencilla que las construidas por la empresa ferroviaria. Se me ocurre ahora, no porque tenga certeza, sino por deducción, que fue edificada por la empresa cerealera instalada a la vera de las vías férreas y donde trabajaba don Sedano.
| Ismael Liborio Villegas “el mono Pastrana" Revista "El Gráfico" |
Legui
Sedano y Roberto Cerviño (†31/07/15 a los 82 años) eran muy compinches y los
encargados de organizar la fogata de San Pedro y San Pablo (29 de junio),
mientras todos los pibes del barrio aportábamos ramas y elementos combustibles
para la gran fiesta de la noche; ellos se encargaban de apilarla en el baldío
que había entre la casa de los Maderna y el terreno de la familia Dragichevich
que se extendía desde calle Uruguay hasta Inglaterra. En una ocasión se apilaron
los elementos a quemar y los rociaron con querosén, para luego desde la distancia y mediante un arco, lanzar
una tea encendida. Legui era el arquero y Cerviño el encargado de
encender la estopa empapada. Increíblemente la tea dio en la parva y se hizo la
fogata ante el aplauso de todo el vecindario y el alboroto de los perros que
huían despavoridos.
Cuando se
inauguraron los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992, recordé aquella noche de
San Pedro y San Pablo, con la diferencia de que Legui dio en el blanco,
mientras que en Barcelona parece ser que no cayó en el pebetero, toda una
polémica.
Irma
Villegas, era la hermana de Ismael Liborio Villegas, “El mono Pastrana” gran
jugador de fútbol. Villegas nació en Bigand, en 1932, pero se crio y vivió
siempre en Venado Tuerto. Debutó en la primera de Jorge Newbery en 1949 y en
1951 se incorporó a Newell’s Old Boys de Rosario. En 1953 y hasta a 1955 jugó
en Quilmes, al que regresó y jugó entre 1959/60, y de ahí en más pasó por
distintos clubes, entre ellos el Everton de Chile en 1960.
Ismael
Liborio Villegas, “el mono Pastrana” falleció el 21 de
noviembre de 2008 y está sepultado en el Cementerio Municipal de Venado Tuerto.
Según me han contado personas allegadas a la actividad futbolera, el
exintendente Roberto Scott le prometió que antes de dejar la intendencia le iba
a hacer un monumento recordatorio. El gran Villegas sigue sin ser reconocido a
pesar de haber sido una gran figura del fútbol nacional.
Los Leone
Después que
se mudó la familia Cerviño, ocupó esa casa la familia Leone. Don Leone era
viudo y contrajo matrimonio en segundas nupcias con una de sus cuñadas. Con la
primera esposa tuvo dos hijos: César y Carlos, quienes se integraron
rápidamente a la muchachada del barrio y con quien compartimos fútbol y
tertulias bajo el farol de la esquina. César entró a trabajar al ferrocarril y
fue transferido a una localidad de Córdoba, no sé si Arias o Canals, luego de
algunos años volvió a Venado Tuerto. Está casado y con familia. En cuanto a
Carlos se dedicó a la electricidad automotriz y actualmente vive en el Barrio
Cibelli y también está casado y con descendencia. De ambos guardo un
grato recuerdo.
César falleció en Venado Tuerto el 31/12/1024 alos 81 años
Los Martín
Don
Celestino Martín era jubilado ferroviario. Cuando pasaba frente a nuestra casa
me regalaba algunas revistas que imprimía la empresa ferroviaria. Don Celestino
era una persona muy simpática y conversadora. Vivía en la calle Estados Unidos
(hoy presidente Perón) entre Alem y Tucumán con su hijo Mariano, casado con N.
Arranz, y sus dos nietos: Carlos y Tomás, “Tomasito”.
Don Mariano
trabajaba en la Usina Popular de Electricidad y era una persona muy
responsable. Algunos muchachos del barrio tenían la costumbre de probar
puntería arrojándole proyectiles a las lámparas de iluminación que había en las
esquinas y en más de una ocasión se vieron enfrentados con él, dado que cuidaba
con mucho celo los bienes de la empresa y, por ende, de la seguridad de la
población que tenía el privilegio de contar con iluminación en la calle. El
costo de un foco era muy alto y originaba trastornos en la comunidad cuando se
rompían o se quemaban. Más tarde los Martín se mudaron a su casa nueva en
calle Chacabuco casi Almafuerte, entonces nuestros encuentros eran más
esporádicos, ya no nos veíamos diariamente.
Cuando en
1960 ingresé a la Cooperativa de Electricidad, me encontré con Carlos, que
había entrado un tiempo antes, atento su prioridad por ser hijo de empleado de
la empresa. Para ese entonces don Mariano se había jubilado.
Trabajar
con Carlos fue un placer, porque, además de conocernos desde la infancia, es
una persona inteligente, prolija y muy calma, además de serio y responsable, lo
que no quitaba que tuviera buen sentido del humor. En la Cooperativa nos
volvimos compinches nuevamente. Una vez se cometió un desfalco en la
Cooperativa durante el gerenciamiento del señor Romeo Falco, y el señor
Paulini, que tenía su estudio contable en calle Mitre entre Belgrano y San
Martín, fue designado por el Consejo de Administración para auditar el caso;
entonces lo convocó a Carlos para trabajar en la investigación y le sugirió
hacerse de un ayudante de entre sus compañeros de trabajo. Carlos me propuso a
mí y comenzamos a trabajar en el tema. Yo estaba muy a gusto y compartimos
muchos momentos lindos. Muchas anécdotas divertidas tengo para contar de la
época que, a mí criterio, fue la más linda de mi vida, pero eso es harina de
otro costal.
Carlos
contrajo matrimonio con Pilar Urtazún, española y sobrina de los hermanos
Urtazún, que en la década de los 50 eran taxistas prestigiosos de Venado
Tuerto. Cuando Pilar y Carlos se casaron pasaron su luna de miel en España, lo
que fue todo un acontecimiento. Habían viajado en barco y los familiares de
Pilar los aguardaban con gran ansiedad en su España ancestral. Tuvieron
descendencia.
En cuanto a
Tomasito, contrajo matrimonio con María Amanda Grecco y también tuvo
descendencia.
Los Valoppi
Cuando los
Martín se mudaron de barrio, ocupó la casa de calle Estados Unidos la familia
Valoppi, integrantes del grupo de italianos que llegó al barrio a mediados de
los años 50. Era un matrimonio mayor con un hijo de alrededor de 20 años.
Don Valoppi
tenía una moto de alta cilindrada con sidecar, que era la admiración de todos.
El matrimonio salía a hacer las compras o simplemente a pasear y él se calzaba
el casquete con orejeras y antiparras, y ella se envolvía la cabeza con un
turbante al mejor estilo década del 40/50. Claro, estaban preparados como para levantar
150 km/h, pero iban prudentemente no más de 20 o 30. Según me comentaron (yo no
soy entendido en temas mecánicos) se trataba de una moto Harley Davidson de
origen inglés. Una joya.
Cuando
trabajaba en la Cooperativa de Electricidad y hacíamos la cobranza a domicilio,
en varias ocasiones me asignaron ese sector y el cobrador estable de la zona me
advirtió que dejara a la familia Valoppi para el final, porque seguramente me
invitarían a comer duraznos al natural o a beber un buen vino que ellos mismos
elaboraban de su huerta. Hice lo que me aconsejó mi compañero y pude saborear
los ricos duraznos y el buen vino casero que me ofrecieron los hospitalarios
Valoppi.
Su hijo
Luis, una bella persona como sus padres y de quien tengo gratos recuerdos,
contrajo matrimonio con Lidia Lapenta y tuvieron descendencia. Luis falleció a
los 76 años el 21 de julio de 2002 y su esposa Lidia el 16 de julio de 2020 a
los 83 años.
Con
posterioridad ocupó esa casa el matrimonio Bucci/Amigo y como los Valoppi,
también ellos eran de hacer quintas y se destacaban por el orden y la
prolijidad con que conservaron la antigua vivienda que todavía sigue tal cual en
calle Estados Unidos (hoy presidente Perón).
Los Passera
La familia
Passera fue una de las más emblemáticas del Barrio San Martín. Don José Passera
y Doña María Arduino tuvieron once hijos, siete varones y cuatro mujeres.
Vivían en calle Uruguay 540, y aunque el matrimonio estaba separado, siempre
mantuvieron la relación familiar.
Don José
vivía en calle Inglaterra (hoy 2 de abril) pegadito a la Escuela Fiscal 498;
los fondos de la casa daban al Teatro Rivadavia, un enorme escenario al aire
libre sobre un terreno de dimensiones similares a una cancha de basquetbol, que
pertenecía a la escuela. En ese lugar se construyó el actual jardín de infantes
N.º 8008.
Don José
tenía un kiosco y se había hecho un taburete donde apoyaba una canasta con
facturas y golosinas, y a la hora de los recreos, se arrimaba al alambrado de
la escuela para venderles a los alumnos.
Amalia “Chocha” Passera,
vivía con Luis “Yiye” Noberini en la casa lindante a la
nuestra. Yiye era viudo cuando se unió a Amalia y puedo decir
que era una buena persona. Lamentablemente por causas de la vida, se volvió
adicto al chupe. Cuando regresaba de viaje (era maquinista del ferrocarril),
pasaba por el club Olimpia donde se reunía con amigos del barrio y algunos
compañeros de trabajo. Entonces trago va, trago viene, se empeludaba, y cuando
llegaba a su casa chocaba con el carácter fuerte de su mujer y se armaba el
tole tole. Volaban vasos, platos, cubiertos y todo lo que estuviera a mano.
Una noche
lluviosa Chocha llegó a nuestra casa con un corte sobre una de las cejas
producto de una escaramuza matrimonial. Recuerdo verla curarse la herida frente
al espejo del aparador de la cocina. Estaba muy asustada. Cuando cesó la lluvia
regresó a su casa y todo volvió a la normalidad.
Sobre este
hecho, mi viejo da cuenta en su libro diario: lunes 15 de abril de 1946: “Nuestro
vecino está ebrio. (Chocha cena con nosotros) Llueve. (sic)
Este hecho
lo comento como una anécdota más, y si bien las reyertas matrimoniales no deben
sorprendernos, tampoco debemos considerarlos como algo “normal”, y mucho
menos escandalizarnos y creer que somos inmunes a estos arrebatos.
Cuando Yiye volvía
de su trabajo, siempre me traía caramelos de regalo, estuviera sobrio o pasado
de vueltas. Era un ritual que recuerdo con nostalgia, porque cuando yo lo veía
venir, corría a su encuentro y él me tomaba de la mano, entonces caminábamos juntos
hasta nuestra casa, y luego él seguía a la suya. Tal vez veía en mí al hijo que
no tuvo y yo al abuelo ausente. Esto demuestra que no era de temer, al
contrario, era querible.
Una vez le
presentó sus quejas a mi viejo porque mis hermanos lo imitaban cuando cantaba “Margaritas”, que
era su tango favorito. Los vagos lo imitaban desde el dormitorio cuya ventana
daba al patio vecino, y eso lo molestó. Sin dudas se sintió burlado. Está demás
decir que el reto que recibieron mis hermanos fue severo. No lo imitaron nunca
más, y Yiye siguió cantando “Margaritas”. Decían
que lo imitaba a Ángel Vargas, a tal punto que entre los ferroviarios lo
apodaron con ese nombre. Hoy, cuando leo la letra de “Margaritas”, comprendo
sus sentimientos.
Como dije
al inicio, quiero contar mis recuerdos tal cual los tengo registrados, y debo
decir con sinceridad que Chocha tenía un carácter muy jodido.
No sé por qué razón, tuvo a su cargo a una chica huérfana de apellido Ludueña
que la conocíamos como “La Rulo” a quien tenía zumbando.
Sentíamos mucha pena por esta chica, porque era muy maltratada. Tal vez haya
sido como un desahogo de sus propias miserias, pero estas rabietas contra la
chica ocasionaban grandes discusiones con Yiye, hasta que un
día “la Rulo” se fue y nunca más volvimos a verla.
Las chicas
Ludueña eran tres hermanas, no recuerdo a la mayor, pero sí conozco a Margarita
Azucena, que fue acogida por el matrimonio Juan Hermann y María Noberini, que
no tenían hijos, y a ella la ‘adoptaron’, metafóricamente, porque
la querían cual si fuera su propia hija. Margarita contrajo matrimonio y tiene
descendencia. Estas tres chicas eran sobrinas de un señor del mismo apellido
que vivía sobre calle Uruguay entre Tucumán y 3 de febrero, que trabajó hasta
su jubilación en Carelli Hnos. Ludueña era soltero y una persona muy apreciada
por todo el vecindario. En cuanto a “la Rulo”, tengo entendido
que vive en Buenos Aires.
Para las
fiestas de fin de año, la mayoría de los Passeras se reunían en la casa de Yiye y
festejaban la noche buena con mucha diversión. Doña María siempre estaba
presente, y por lo general venía René, que vivía en Buenos Aires y estaba de
visita. El festejo duraba hasta altas horas de la madrugada donde se bebía en
abundancia y se hablaba mucho entre los hermanos que generalmente se
encontraban una vez al año.
Pasaron
algunos años y Yiye Noberini pasó a retiro; edificó su casa en
la esquina de Alem y Chile (hoy residencia del Dr. Hilario Robles
Mendoza). A partir de entonces su vida tuvo un giro de 180 grados: se
serenó notablemente, dejó la bebida y se dedicó a cultivar la quinta, además de
entregarse de lleno a la lectura. Se hizo tan adicto a la lectura de los
diarios como si llevara años de atraso en la información. Mis viejos le pasaban
los “Diarios de Sesiones del Congreso Nacional”, que a su vez nos
facilitaba mi tío Eduardo que era suscriptor y a quien -igual que mi madre- le
gustaba la política. Entonces con Yiye tenían motivos para
comentar los encendidos discursos de los políticos como Balbín, Tróccoli,
Alfredo Palacios, Américo Ghioldi, Frondizi, Zabala Ortíz, por citar algunos,
que se pronunciaban en el recinto contra el oficialismo. Uno de esos discursos
originó el desafuero de Ricardo Balbín (29/09/1949) que posteriormente fue
detenido y encarcelado en la unidad penitenciaria de Olmos (12/03/1950 a
02/01/1951).
Yiye ya
tenía opinión formada sobre la situación del país. Proveniente de un hogar
socialista, no simpatizaba con el peronismo y así lo expresaba a viva voz. Era
la época en que el gobierno de Perón comenzó a decaer y que finalmente originó
su destitución en 1955 por sus propios camaradas. “Yiye” solía tener fuertes
discusiones con un compañero de trabajo de apellido Cachari que vivía en calle
Estados Unidos (hoy presidente Perón) y Runciman, que era fanático peronista y camorrero.
Tiraba indirectas groseras continuamente contra quienes no simpatizaban con el
oficialismo, lo que originaba fogosos debates, especialmente en las colas que
se hacían para conseguir querosén, en esa época una constante con los productos
de primera necesidad. Cuando se anunciaba que se distribuiría el combustible en
tal o cual esquina, allí nos zampábamos todos con nuestros tachos de 5 litros
(no daban más que esa cantidad por persona) dispuestos a esperar horas y horas
hasta que llegara el camión cisterna. Este tedio originaba airadas discusiones
entre los mayores, cuyas tensiones iban en aumento, dada la escasez de azúcar,
aceite y otros productos básicos que se fueron originando por medidas
económicas erráticas que desataron una inflación galopante, deteriorando el
poder adquisitivo de los asalariados. No obstante, a mi entender, no fue
precisamente el tema económico el motivo del derrocamiento de Perón, sino una
serie de medidas que irritaron a muchos grupos concentrados, especialmente
entre los nacionalistas de las fuerzas armadas encabezadas por el ejército y
avalada por la Marina.
Cuando Yiye y Chocha se
instalaron en su nueva casa, dividieron la antigua vivienda en dos. Una parte
(lindera a la nuestra) se la vendió a Américo Passera y la otra mitad a
Enrique “Toto” Passera.
En "Ficciones"
de este blog: https://relatos-ficticios.blogspot.com/ recuerdo a "Yiye" con
mucho afecto.
Según relata mi hermana Patricia, las relaciones entre mis padres y don Noberini no eran óptimas. Como he señalado antes, “Yiye” provenía de un hogar socialista, lo que -erróneamente en aquellos años- se describía como “anticlerical”, pero que en realidad eran agnósticos, lo que se contrastaba con mis viejos que eran muy religiosos y de misa dominical. Con el paso de los años las relaciones mejoraron, cuando las enfermedades y los achaques comenzaron a castigar los cuerpos, la vida comunitaria comenzó a percibirse de otra manera. “Yiye” vivía en concubinato con Amelia Pássera y, por decirlo descriptivamente, quiso reparar los desórdenes de su vida antes de morir. Inesperadamente y sin que nadie interviniera, pidió casarse por la iglesia y que mis padres fueran los padrinos de su boda. A todo esto, solicitaron a la parroquia que enviaran a un sacerdote para cumplir con el ritual. El asunto se complicó porque ese día mis padres se habían ido al campo y no se encontraban en casa. El cura esperó un tiempo prudencial, pero ya se hacía tarde y el contrayente estaba impaciente. Finalmente actuaron de padrinos de la ceremonia Isabel Pássera (hermana de Amelia) y N. Albanesi, un familiar de los Pássera. El Padre Pedro Sossé, cuya personalidad se destacaba por su paciencia y buena onda, fue el oficiante.
Américo
contrajo matrimonio con Adina Persichini y tuvieron dos hijos: Mabel, que nació
en 1948 y Roberto -para nosotros “Robertito”- que nació en
1952. Desde muy chiquita, Mabel estuvo siempre en nuestra casa, mimada por mis
padres y hermanas. Cuando llegó Robertito se unió a su hermana, y ambos pasaron
a ser como de nuestra familia. En la actualidad Mabel me cuenta anécdotas que
yo no recuerdo y que por lo tanto no me atrevo a relatar; entre ellas me dice
que mis hermanas tenían más preferencias por ella que por mí, lo que era lógico
siendo Mabel 6 años menor.
En cuanto a
Robertito, recuerdo que era muy ardilla como todo chico que quiere saber,
hurgar en todo, aprender. Mi madre siempre hervía agua con jabón para lavar la
ropa, especialmente los overoles de mis hermanos Pedro y Eduardo que trabajaban
en mecánica. La cuestión es que una fatídica mañana, el balde con agua
hirviendo estaba a un costado en el piso de la cocina y por ahí pasó Robertito
a toda carrera con tan mala suerte que tropezó y metió un brazo en el balde.
Era invierno y tenía puesto ropa de abrigo. En un instante se armó un gran
despelote. Sin perder tiempo mi viejo sacó el auto para llevarlo urgente al
Sanatorio Ferroviario mientras mi madre trataba de quitarle el abrigo y una de
mis hermanas avisaba a Adina que llegó al instante y partieron a la clínica
ferroviaria. Como es de suponer, el pobre chico lloraba de dolor. Lo que más lo
perjudicó es que tenía puesto un abrigo, que al quitarlo agravó la lesión. No
recuerdo qué pasó después, pero sé que la mano prácticamente no tenía signos de
quemadura, pero sí el brazo que fue curado convenientemente y creo que no tuvo
secuelas.
En aquellos
años era muy común escardar la lana de los colchones, que se apelmazaban y se
volvían muy duros. Por eso estaban los “colchoneros” que
hacían el trabajo a domicilio y tenían trabajo permanentemente. Entonces
mi viejo -que ya estaba jubilado y no podía estar ocioso- se compró un equipo
colchonero y se puso a laburar. Un día mientras almorzábamos, se oyó el grito
de Robertito desde el patio y todos corrimos para ver qué pasaba. El pobre chico
se puso a jugar con la escardadora (que no había sido trabada) y se agarró una
de las manos. Hoy cuando lo recuerdo, me tiemblan las piernas. Por suerte
lograron destrabar la máquina sin agravar las heridas y otra vez de urgencia a
curar las heridas. Afortunadamente no sufrió quebradura de huesos. Enseguida
mis hermanas lo curaron y para calmarlo, mi hermano Eduardo puso en marcha un
Ford T que había en casa (del que me ocuparé más adelante) y lo llevó a pasear
con la mano vendada. Cuando volvieron a Robertito se le había ido el susto,
aunque seguía moqueando. Por la tarde lo llevaron nuevamente al Sanatorio
Ferroviario.
Américo fue
trasladado por la empresa ferroviario a Mendoza en la década del 60; años más
tarde regresó a Venado y fue a vivir a la calle Cabral entre 2 de abril y
Uruguay, frente a la escuela Nº498. Posteriormente lo destinaron a la ciudad de
San Francisco, en la Provincia de Córdoba, donde falleció el 17 de enero de
2001 a los 78 años. Mabel contrajo matrimonio, tiene tres hijas y dos nietas, y
reside en esa ciudad cordobesa. Por su parte Robertito también contrajo
matrimonio, se separó y tuvo descendencia con otras parejas. Estaba radicado en
Gral. Roca, Río Negro donde falleció el 07 de
noviembre de 2020. RIP.
Enrique “Toto” Passera
contrajo matrimonio con Delia Calcagni y, como dije antes, vivían en la casa
siguiente a la de Américo. Tuvieron dos hijas: Norma Adela y María Cristina.
También ellos formaban parte de nuestro círculo de vecinos con los que
compartimos nuestra niñez. Con Norma teníamos casi la misma edad, ella un poco
menor, razón por la que compartíamos nuestros juegos junto con mis hermanas
Shiela y Pachi. Todas las noches, los tres, íbamos a la casa de Toto a
escuchar la radio, porque él siempre sintonizaba un programa en el que se
pasaba música que él llamaba “los viejitos”, canciones de moda
en su juventud. Siempre recuerdo que escuchábamos a Antonio Tormo, el cantor de
las cosas nuestras. ¡Cuántas veces habremos escuchado “¡La
canción del Linyera”, “Mis Harapos”! Y debo decir que las
escuchábamos con unción porque sus versos nos transportaban a personajes
patéticos, como “El Huérfano”. Seguramente habrá habido otras
canciones más alegres, pero las trágicas, las más tristes, son las que
prevalecen en mi memoria.
Una noche
estuvimos hasta altas horas esperando que se consumara un eclipse de luna que
comenzaba cerca de la media noche. Eran acontecimientos que vivíamos con
grandes expectativas, hoy no creo que mucha gente se quede despierta hasta
altas horas de la noche para ver estos fenómenos naturales.
Toto era
una persona muy tranquila y trabajadora; empleado de la fábrica Carelli Hnos.,
en sus horas libres hacía trabajos de herrería. En una ocasión me llevó hasta
la casa del ladrillero Pietrocola que vivía en calle Alem pasando la calle
Estados Unidos, adonde fuimos a ver una incubadora que estaba en pleno
funcionamiento y que era calentada por una lámpara a querosén. Él necesitaba
ver cómo funcionaba porque estaba empecinado en fabricar una similar. Cuando vi
todos los huevos en esa caja de vidrio, no podía creer que un aparato así
reemplazara la postura de una gallina. Recuerdo que los huevos tenían una marca
de cada lado, porque cada 24 horas había que darles vuelta para una incubación
pareja. Seguramente en la actualidad esto debe accionarse electrónicamente y
con mayor precisión, pero en ese tiempo se necesitaba la asistencia del hombre
para lograr un buen nivel de producción.
También
construyó en el patio un horno para hacer pan casero. Un día compró una bolsa
de harina y la dejó en la galería frente a la casa, y a la mañana siguiente ya
no estaba. Los amigos de lo ajeno, siempre atentos para ratear, se la llevaron
silenciosamente, dejando rastros del polvo blanco desde la galería hasta la
calle. Relato este hecho porque fue todo un acontecimiento ya que no eran
frecuentes estos robos, a excepción de alguna que otra incursión a gallineros,
donde rateros expertos entraban sigilosamente con una linterna, encandilaban a
la gallina y a la bolsa sin chistar. ¡Pero hacerse de una bolsa de harina era
un atraco mayor!
Domingo José Andreotti
Tomé mi
primera comunión en el año 1950 junto con Rubén Roberto Rufino (luego concejal
del PJ cuando yo era secretario) y Edgar Aznar. Nombro a estas dos personas
porque son con las que -de una u otra manera- me he mantenido contactado.
Mi hermana mayor tomó su primera comunión en el Colegio Santa Rosa, donde era
alumna; mi hermano Pedro en un oratorio que funcionaba en calle Uruguay entre
Runciman y Juan B. Justo, y el resto en la capilla de la Misericordia, ubicada
sobre calle Urquiza detrás del Hospital Alejandro Gutiérrez.
En ese
tiempo las misas se celebraban solamente por la mañana; luego del Concilio
Vaticano II se comenzaron a celebrar las misas vespertinas. En la Capilla
de la Misericordia la misa se celebraba a las ocho de la mañana, entonces todos
los domingos, con mis hermanas Shiela y Patricia partíamos para cumplir con el
precepto dominical. Mis viejos iban a la Parroquia Inmaculada Concepción (hoy
catedral) con mis hermanos mayores porque no todos cabíamos en el auto y había
varias misas en distintos horarios, lo que daba la opción de levantarse con
tiempo.
El
recorrido lo hacíamos caminando por calle Uruguay hasta la cortada del
hospital, pero yo no quería pasar frente al boliche de Andreotti ubicado frente
al Club Olimpia, en la esquina de Juan B. Justo y Uruguay, y desviaba mi
recorrido por calle Chile para luego reencontrarme con mis hermanas en Cabral y
Uruguay para luego continuar nuestro camino. ¡Le tenía pánico al viejo! Todo se
inició allá en la década del 50, cuando comenzó a escasear el azúcar y los viejos
nos mandaban a recorrer los boliches donde se rumoreaba que podrían tener
existencia e intentar conseguir -a lo sumo- medio kilo del vital comestible.
Cuando nos enteramos de que Andreotti había recibido una bolsa, allá fuimos con
mi hermana Patricia y nos atendió la señora de Andreotti cuyo apellido era
Sejas, una viejita obesa de carácter muy divertido. El viejo, que tenía
un vozarrón estridente, gritó desde la cocina: “¿Quién carajo anda buscando
azúcar?” y de inmediato se apareció con un rebenque que hacía chasquear en el
aire. Demás está decir que emprendí la retirada a toda carrera, dejando atrás a
mi hermana que apareció luego en casa con un paquete de azúcar.
Pasó un
tiempo y mi amigo Hugo Touma fue al boliche de Andreotti y el viejo le contó (muerto
de risa) que ese día creyó que el que venía a comprar azúcar era el hijo de
algún peronista del barrio, y como era sabido, Andreotti tenía una
animadversión hacia todo lo peronista. Otro día me hice de coraje ante la
insistencia de mi amigo Hugo y lo acompañé al boliche y todo transcurrió como
si nada hubiera pasado. Desde entonces entablamos una nueva amistad y
manteníamos largas charlas con el viejo, que en el trato amistoso resultó ser
un tipo muy divertido.
Cuando a
fines del año 1957 se inicia la campaña electoral para la presidencia de la
nación, la UCR se había dividido entre la UCRI de Frondizi y la UCRP que
conducía Balbín. El profesor Leonardo Priotti, que militaba en el radicalismo,
se alineó a la Unión Cívica Radical del Pueblo de Balbín. Entre sus alumnos
había varios que simpatizábamos con el radicalismo del pueblo y nos ofrecimos
para colaborar en la campaña electoral, a pesar de no estar en condiciones de
votar (teníamos 14/15 años). Salimos a repartir votos casa por casa, mientras
“Cacho” Mártire iba con su chata Chevrolet 29 haciendo propaganda con los
parlantes. En el comité, que estaba en Rivadavia y la cortada de Castelli, me
encontré con don Andreotti que estaba trabajando a brazo partido ensobrando
folletos, y por supuesto, despotricando contra Frondizi y los peronistas. Para
mi sorpresa, también me encontré con don Pietrocola, el ladrillero que vivía en
la zona de nuestro barrio y donde todavía deben quedar huellas de su vivienda
ubicada en Av. Alem camino al Parque Industrial. También conocí a una tracalada
de empleados ferroviarios que decían conocer a mi viejo. Yo, por supuesto,
estaba orgulloso de los conceptos elogiosos que vertían sobre él y de estar
enredado en esa maraña de discusiones políticas, que volví a revivir allá por
fines del 82, cuando la UCR inicia su campaña electoral interna entre Alfonsín
y De la Rúa, claro que ahora con unos cuantos años más y con otras
experiencias.
Como queda
dicho, Andreotti era radical, pero sobre todo muy antiperonista. Siempre estaba
en pica con su vecino Castro, que era ultra peronista y vivía en la vereda de
enfrente, a la par de la carnicería de Verdún (luego de Atilio Guerra). La pica
que se tenían los vecinos era muy fuerte y se decían algunas palabras subidas
de tono. Para colmo de males los radicales siempre perdíamos las elecciones y
ganaba el peronismo por amplio margen, lo que hacía que Andreotti se llenara de
odio contra todo el mundo.
Si bien don
Castro no era la Madre Teresa, mostraba ser una persona pacífica, seria y muy parca.
Tenía una cicatriz a la altura de la quijada derecha que, según las malas
lenguas, era producto de una reyerta bolichera. Tampoco sé por qué razón lo
conocíamos por Castro, cuando en realidad su apellido era Litardo. Tal vez haya
adoptado el nombre de su padrastro, si es que lo tuvo, situaciones que eran muy
comunes en aquellos tiempos. Estos comentarios que hago no tienen rigor
histórico, por lo tanto, se deben tomar como anecdóticos, dado que simplemente
tienen el propósito de agregar condimentos que nos permitan ubicarnos en la
época.
Volviendo a
don Andreotti, paradójicamente su nombre era Domingo, homónimo del personaje
que más odiaba: Juan Domingo Perón. Cuando se desató la denominada Revolución
Libertadora, no dejó de mostrar su satisfacción por el derrocamiento de Perón,
lo que le valió que le embadurnaran la puerta del boliche con pintura blanca,
la que nunca quitó porque sostenía que era una muestra cabal de la intolerancia
peronista. Aunque, a decir verdad, no había tolerancia en ninguna de las
partes.
Cuando
comencé a trabajar en la Cooperativa de Electricidad (en marzo de 1960), además
de confeccionar recibos, tomaba el estado de consumo que registraban los
medidores. Andreotti tenía una costumbre muy particular. Como la tarifa
eléctrica era escalonada, los primeros diez KW iban libres de recargos, o sea
sin impuestos, tarifa pura. Entonces él controlaba el medidor (que estaba
adentro del negocio en una caja de vidrio) y cuando el medidor llegaba a los 10
KW, dejaba de consumir electricidad, no encendía ni una lámpara, y si se
aproximaba la fecha de la toma y le faltaba llegar a los 10, enchufaba un
calentadorcito eléctrico para consumir rápidamente hasta el límite. No
quería regalar un solo KW y mucho menos pasarse de los diez. Así era de meticuloso.
(O de jodido)
Domingo
José Andreotti falleció el 13 de octubre de 1969 a los 67 años, según consta en
la placa sepulcral en el Cementerio Municipal de Venado Tuerto.
Los Busso
Fernández/Busso - Busso/Renedo - Revagliatti/Busso
Todos los Busso que habitaban el barrio tenían relación familiar. No tengo certezas sobre algunos datos que paso a transcribir, pero conforme a datos recabados a través de las redes e inscripciones de sepulturas, armé una breve genealogía de los vecinos que conocí y cuyos recuerdos marcaron una época de mi vida.
Pedro Fernández era una persona muy conversadora y en política tenía ideas de izquierda. En la década del 60, supe verlo en los actos que organizaban los sindicatos locales. Tengo entendido que estaba afiliado al Partido Comunista y me consta que era muy amigo de don Segundo OttoliLos ni, emblemático dirigente comunista local. Su hija Elsa también participaba de los actos políticos sindicales. Con anterioridad, 48/50, junto con mi amigo Hugo Touma, todas las tardes íbamos a la casa de los Fernandez a escuchar los capítulos del radioteatro que protagonizaban Norberto Blesio y Nancy Valdez junto a un elenco de actores rosarinos y que se titulaba “El forastero que llegó una tarde”. La radio rosarina lo transmitía al atardecer y nos atrapaba la historia del gaucho justiciero. Cuando nace Alfredo, nosotros ya estábamos en el colegio secundario y habíamos emprendido otros rumbos.
Don Pedro Fernandez estaba casado con Hilda Busso, padres de:
1. Elsa que nació el 1º de marzo de 1940 y falleció el 28 de octubre de 2002.
2. Alfredo que nació el 04 de julio de 1957 y falleció el 01 de enero de 1979 en un accidente automovilístico junto a su primo Jorge O. Busso-Renedo "Lolo".
Carlos Busso, casado con Paca Renedo padres de:
1. Virginia Magdalena “Pochi” nació en 1945 y falleció el 25 de enero de 2024 (79).
2. Samuel nació en 1946 y falleció en su infancia el 18 de septiembre de 1948 (2).
3. Martha Z. nació en 1949 y falleció el 20 de diciembre de 1965 (16) a raíz de un accidente provocado por una descarga eléctrica en la casa donde trabajaba.
4. Jorge O. "Lolo" nació en 1954 y falleció el 01 de enero de 1979 (25) en accidente automovilístico en ruta 8 junto a su primo Alfredo Fernández.
Tito Revagliatti casado con N. Busso, padres de:
1. Marta Revagliatti que contrajo matrimonio con N. Salvadori y su hijo Flavio Salvadori integra el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Venado Tuerto.
Como se desprende de este resumen de datos, la familia Busso ha sido signada por una serie de tragedias que afectó a toda la familia y por añadidura a todos sus vecinos.
Excepto los Fernández, los demás familiares pertenecían a la “Iglesia Evangélica Cristiana” cuyo templo se encuentra en calle Balcarce 1375. Eran muy religiosos y todos los domingos por la tarde partían en grupo a la iglesia. Sus rituales se centraban en la oración, las lecturas bíblicas, los himnos de alabanza y se caracterizaban por su comportamiento respetuoso y benevolente, razón por la que eran muy apreciados por todo el vecindario. Su fe religiosa los ayudó a sobrellevar las angustias sufridas que ellos aceptaban con resignación cristiana porque los designios del Señor así quisieron que fuera.
Cuando falleció Samuel, se congregaron muchos feligreses del culto. Durante toda la noche y hasta el sepelio se escucharon, además de oraciones y lecturas bíblicas, cantos de alegría, porque el pequeño Samuel ya estaba gozando de la gloria del Señor. En ese entonces yo tenía 6 años y aún hoy suenan en mis oídos el son de esos cánticos cuyas letras no logré memorizar. Los feligreses de esta comunidad cristiana tienen la particularidad de estrecharse la mano con la frase: “Por el señor hermano”.
Alfredo J. Buso no vivía en el barrio, pero venía a quedarse unos días en la casa de sus tíos, oportunidad en la que entablé una breve amistad con él. Alfredo fue otra víctima fatal que sufrió la familia Busso.
El domingo 19 de abril de 1959 se produjo el accidente que costó la vida a ocho vecinos de Venado Tuerto. Fue al finalizar la Vuelta de Santa Fe de TC frente al Tiro Federal. Entre las víctimas estaba mi amigo. Tenía apenas 13 años. Alfredo vivía en calle San Martín y Dean Funes
Simulacro
Durante el
segundo gobierno de Juan Perón, se realizó un simulacro de guerra en la
Argentina. No encuentro bibliografía referente al tema en internet, pero por
mis cálculos, debió ser después del fallecimiento de Evita, cuando los
problemas comenzaron a jaquear al gobierno por los múltiples desajustes y el desgaste
propio de un segundo mandato, además de otras yerbas que comenzaron a minar su
estabilidad. El asunto es que alrededor de 1954/55 se organizó a nivel nacional
un ejercicio práctico (simulacro) de defensa civil ante un imprevisto ataque
aéreo. Para ello se había dispuesto que aviones de la fuerza aérea
‘sobrevolaran’ la zona para verificar el grado de acatamiento y participación
ciudadana en el adiestramiento ante un eventual ataque enemigo (enemigo al que
nunca se identificó). No caben dudas que la finalidad era la distracción, como
siempre sucede cuando los gobiernos tienen algún estofado que cocinar entre
gallos y medianoche, inventan algún hecho sensacional para mantener en vilo a
la población. En ese entonces se usaban estos procedimientos a falta de medios
audiovisuales, como alguna vez lo fueron los submarinos que aparecieron en
nuestras costas marítimas allá por 1957 y 1958 durante el gobierno de Arturo
Frondizi.
Pero, de
todas maneras, para llevar a la práctica este simulacro, se crearon comisiones
a nivel nacional, provincial y local, que finalizaban en la formación de
comités barriales y encargados de manzanas. Este último cargo recayó en don N.
Molla y don Severino Colussi.
Cumpliendo
directivas del comité federal, se pintaron con cal todos los árboles, postes de
luz, teléfono, cordones de veredas, entrada al hospital, entre otros lugares
estratégicos, con la finalidad de que pudieran detectarse fácilmente en la
oscuridad y no fueran visibles desde el aire. A partir de una determinada hora,
todas las luces debían apagarse y/o cerrarse las puertas y ventanas de las
casas para que no se filtrara un solo rayo de luz. Una directiva que se cumplió
estrictamente.
Esa noche
para nosotros fue una fiesta, porque todos (chicos y grandes) nos juntamos en
la esquina de Alem y Uruguay para seguir las alternativas del caso. Todos
esperábamos la llegada de los aviones; los mayores hilaban suposiciones sobre
el desarrollo del evento, mientras los más chicos escuchábamos mirando al cielo
estrellado y elucubrando por dónde incursionarían los aviones, qué espacios
sobrevolarían, las maniobras que realizarían y mil hipótesis más que sería
largo enumerar, porque cada cual tejía su propia fantasía, que no difería mucho
de lo que se venía hablando reiteradamente durante meses.
A todo
esto, mi viejo -que de vez en cuando tenía un dejo de maldad para divertirse-
abría la puerta de la cocina, cuyo reflejo se hacía demasiado visible ante la
densa oscuridad, lo que molestaba a los jefes de manzanas responsables de hacer
cumplir el reglamento, que rogaban por favor que no encendieran luces
exteriores o dejaran puertas o ventanas abiertas.
Los
manzaneros tenían que rondar continuamente, vigilando que todo estuviera en
estricto orden. En realidad, los pobres viejos cumplían al pie de la letra con
las directivas, tarea que habían asumido con gran responsabilidad y se sentían
hombres de gran importancia, considerándose un poco dueños de la situación.
En la
vereda impar de Alem, estaba la red troncal de teléfonos. Cuando tendieron la
red, el plano de la calle era distinto, razón por la que, al cambiar la traza,
los palos quedaron en el centro de la vereda. Más de uno se los llevó por
delante aquella noche, porque no estaban blanqueados. Había uno ubicado a unos
diez metros de Uruguay, que prácticamente estaba en el medio de la vereda, y
fue el que más veces se embistió. Si ese poste hablara, tendría muchas cosas
para contarnos, aunque fue extraído años después.
Cumpliendo con las directivas impartidas por las autoridades que organizaron el simulacro, la empresa de Molinos Fénix instaló balizas fijas de media intensidad color rojo al tope de toda su edificación. La noche que encendió las balizas, la empresa hizo sonar la sirena que llamó la atención a todo el barrio y alborotó a los muchachos que, abandonando sus diversiones vespertinas, cruzó corriendo rumbo al molino para observar de cerca la novedosa iluminación. En la ocasión, la bandada era encabezada por Rodolfo Molla, más conocido por “el gordo Molla” que, con su clásico vozarrón festivo, decía: ¡“es año nuevo”! en referencia a la clásica modalidad fabril de hacer sonar las sirenas a la hora 0 de cada 1º de enero y cuyo sonido especial destacaba a Molinos Fénix.
Resumiendo.
El simulacro terminó y hubo gran frustración. Fue todo un engaño. Nunca existió
un plan de acción militar para efectuar la prueba. Era todo un bluf para la
distracción. Nunca más se habló del tema.
Misioneros
Por iniciativa del Cura Párroco Ernesto Borgarino, se programó una gran misión pastoral a cargo de la Congregación Redentorista que dio comienzo el 27 de abril de 1957. Esa tarde llegó la imagen de la Virgen de Luján en un avión militar, que era escoltado por otro y de cuyas alas se enlazaba una cuerda de la que flameaban las banderas argentina y papal. Fue un espectáculo inusual que sorprendió a los venadenses.
Los curas se distribuyeron de
a dos en cada capilla y cuatro en la parroquia, dos de los cuales asistían a
los demás de acuerdo con las distintas celebraciones litúrgicas y servicios
religiosos que se desarrollaban en capillas y oratorios (llámese: bautismos,
casamientos, confesiones).
En nuestro
barrio no había ni oratorio ni capilla, lo más cercano era la capilla Ntra.
Sra. de la Misericordia -actualmente parroquia- donde la mayoría de los chicos
del barrio tomamos nuestra primera comunión; un poco más alejado estaba el
Oratorio Santa Elena sobre ruta 8 entre Pellegrini y Jorge Newbery. Los
misioneros designados para nuestro sector eran los Padres Felipe Ganz y Héctor
Rolando Federico. Ganz era un hombre corpulento de origen alemán, que usaba
anteojos muy pequeños y era loco por la música, no importaba cuál, pero la
música era su debilidad. Federico era bajito, simpático, oriundo de la ciudad
de Pergamino. Según nos contaba, su padre era de extracción socialista y no
estaba de acuerdo con su ingreso al seminario, un tema que lo apenaba porque
amaba a su padre, a quien admiraba mucho. Estos dos curas se desplazaban en una
camioneta en la que cargaban dos carpas. Una para armar la capilla de campaña,
y otra para dormir ellos.
La carpa la
levantaron en el baldío ubicado en la esquina de Estados Unidos (hoy presidente
Perón) y 3 de febrero, frente al almacén de Beluardi. En ese terreno, que fue
donado por la señora Rosa Iturbide de Otero, se construyó un salón y
posteriormente la actual Parroquia del Perpetuo Socorro, protectora de la
Congregación Redentorista.
Sobre el
particular, cabe señalar que la señora Rosa Iturbide de Otero, que residía en
la ciudad de Rosario, se sorprendió de la transformación que los misioneros
habían logrado en el barrio y decidió donar un terreno de su heredad para la
construcción de una capilla.
El terreno
en cuestión estaba situado en un lugar más alejado, razón por la que se
procedió a su venta y con lo obtenido -más el generoso aporte de los vecinos-
se compró el predio donde hoy luce la Parroquia, emblema del barrio y una
prueba cabal de la obra que los sacerdotes Felipe Ganz y Héctor Rolando
Federico sembraron en la década del 50.
Para atraer
a la gente, los curas tenían un proyector de cine, y después de las ceremonias
religiosas, exhibían películas al aire libre, momento esperado por grandes y
chicos. Fue ahí donde vi por primera vez la serie norteamericana Las aventuras
de Rin Tintín. Muchas películas eran mudas, pero el cura Federico tenía
mucha cancha y transmitía simultáneamente lo que iba sucediendo, o ponía un
minué clásico de Luigi Boccherini (muy pegadizo) como música de fondo, que a
nuestros oídos se adaptaba al desarrollo del filme. Hoy parece insólito, pero
así era entonces.
Para medir
la obra que hicieron estos misioneros, es necesario remontarnos a tiempos
pasados. Hacía apenas dos años que habían depuesto al presidente Perón y muchos
de sus partidarios que eran católicos practicantes, se encontraron en una
encrucijada, especialmente cuando Perón fue excomulgado por el Papa Pío XII, y
aquellos que no eran practicantes, no dejaron de manifestarse abiertamente
contra “los curas”. En el peronismo hay mucha gente que profesa la
religión católica y en aquellos años, empleados y obreros practicantes, sorpresivamente
se encontraron con que eran discriminados dentro de la grey. Esta situación
produjo un quiebre en la sociedad y consecuentemente mucha gente dejó de
profesar públicamente su fe y otros lo hacían condicionadas; vale decir, ya no
acompañaban a sus pastores como lo hicieron hasta entonces. Por
consiguiente, estos misioneros debieron trabajar fuerte para lograr esa
reconciliación entre los católicos.
Don Natalio
Perillo era un gran colaborador parroquial y militante del Partido Peronista; y
si bien era un feligrés de la Parroquia Inmaculada Concepción, para esta
jornada misional prefirió desplazarse hacia la carpa “atrás de la vía”. En este
ámbito se sentía más cómodo que con la gente del centro que le cuestionaba su
militancia peronista después de los sucesos políticos-religiosos que se
desataron entre el gobierno peronista y la jerarquía eclesiástica.
En abril de
1957 el gobierno militar decidió reformar la Constitución Argentina y convocó a
elecciones para conformar una Convención Constituyente. La convocatoria
prohibió la participación de los peronistas, error político que con
posterioridad se comprobó que desarticuló por muchos años la vida institucional
argentina.
Si bien el
mandato de Perón era votar en blanco, había un núcleo peronista de tendencia
conservadora, que prefirió participar en la contienda a través de un partido
que denominó Unión Federal Democrática Cristiana y que era liderado por Mario
Amadeo, ex ministro de RREE del gobierno del Gral. Eduardo Lonardi, cargo que
ostentó brevemente por cuanto éste fue depuesto por Aramburu a los pocos meses
de asumir.
Durante
esos quince días misionales, se estaba desarrollando en todo el país la campaña
por la constituyente. En el marco de ese cometido, visitó Venado Tuerto un
grupo de dirigentes de la Unión Federal, entre ellos Mario Amadeo y su esposa,
quienes con Natalio Perillo -principal referente partidario- y otros
dirigentes, participaron de una celebración religiosa en la carpa de los
misioneros. Debo aclarar que no hubo manifestaciones políticas partidarias, ni
se mezclaron los tantos, simplemente el matrimonio junto con el grupo que lo
acompañaba participó de la celebración debido al cumplimiento del precepto
dominical.
La
Congregación de los PP Redentoristas dejaba marcada su presencia en cada lugar
donde misionaba, y lo hacía mediante la instalación de una cruz con la leyenda:
“Salva tu Alma”. En 1957 erigieron una cruz blanca en la curva de ruta 8,
camino a Córdoba, que se podía ver perfectamente. Esta cruz fue retirada
después del Concilio Vaticano II. También supo haber una en la ciudad de
Pergamino, sobre el puente de la antigua entrada a la ciudad (desconozco si se
encuentra todavía). La que sí permanece todavía, es una cruz de mármol blanco
sobre la pared del frente de la catedral de Venado Tuerto, detrás de la imagen
de la Virgen María, en la que se lee: “PP REDENTORISTAS – SALVA TU ALMA –
21-III-37”, recordando la misión de aquel año. La misión culminó el domingo 12 de mayo de 1957 y los misioneros enfilaron hacia la ciudad de Rufino.
Buscando
los motivos por los que se dejó de usar el lema “Salva Tu Alma”, me encontré
con esta definición sobre cada una de sus palabras. “Salva”: es considerada
como una herejía por cuanto nadie puede salvarse por sí mismo. “Tu”: como un
indicio de individualismo. Y “Alma” un indicio de espiritualismo que no se
salva sola; se salva el hombre entero, en cuerpo y alma. Como siempre, nunca
terminamos de aprender.
Volviendo a
la misión de 1957, los padres Ganz y Federico se entusiasmaron con la compra de
una casilla para dos personas que había fabricado Primo Percichini, cuñado de
Américo Passera, y que estaba en el galpón al lado de nuestra casa. Con esa
casilla se ahorrarían el engorroso armado de la carpa para ellos.
Los
misioneros la compraron antes de partir a la ciudad de Rufino donde iban a
misionar durante una semana. Cuando regresaban a Venado Tuerto a la altura de
Tarragona, la lanza de la casilla se rompió y no pudieron seguir viaje. Con la
ayuda del jefe de estación, se logró arreglar el acople y pudieron continuar
viaje unas horas más tarde. Esa noche llegaron a nuestra casa junto con otros
cuatro curas que venían acompañándolos en otro auto y recuerdo que mi madre
preparó una gran tallarinada donde todos comimos hasta saciarnos en medio de
una gran algarabía. Entre los curas, había uno que se llamaba Inocencio, un
morocho grandote y muy divertido. Unos meses más tarde, pasaron por
Venado Tuerto Felipe y Héctor Rolando en su regreso de Santiago del Estero,
donde estuvieron misionando. Al día siguiente muy temprano continuaron viaje a
Buenos Aires y nunca más volvimos a verlos.
El 28 de septiembre de 1958, el Padre Felipe Ganz estuvo enVenado Tuerto. Vino para bendecir la cruz que se erigió en el terreno donde se construyó la actual Parroquia Nuestra señora del Perpetuo Socorro.
“Reynard, el zorro”
En nuestra
casa había siempre una bandada de bichos salvajes. Desde chimangos, teros,
lechuzas y palomas, hasta un zorro.
Al zorro lo
trajeron de la Estancia “Los Quirquinchos” de Roberto Cavanagh, cuando mi
hermana Eileen era la maestra de inglés de los hijos del estanciero y
reconocido campeón mundial de polo junto con su primo Juan y los hermanos
Alberdi.
Un día
llegó a nuestra casa el señor Franco (en la ocasión mayordomo de la estancia)
con una bolsa en cuyo interior llegaba, a quien mi padre bautizó “Reynard”
(“Reynard el Zorro”, astuto protagonista de fábulas animales). Según
nos contó nuestra hermana, los chicos de Cavanagh tenían como mascotas al resto
de la camada y eran muy mansos. Sin embargo, cuando don Franco lo dejó en casa,
advirtió que había recibido un mordisco feroz del bicho y que tuvo que ir al
médico por temor a una infección. “Reynard” era un zorro señorial
de color plateado con una cola abundante en posición horizontal. Estaba atado a
una cadena larga y podía desplazarse por todo el terreno de la casa sin
dificultad. Claro que un día mostró sus habilidades muy zorras y a la hora de
la siesta en tardes estivales, se recostaba muy amodorrado (como si estuviera
muerto) y dejaba que el mosquerío se posara en su hocico para atraer a los
pollos que andaban sueltos por el patio. Las aves que no conocían sus artimañas
se acercaban inocentemente, y cuando “Reynard” las tenía a su
alcance, pegaba un salto y las atrapaba con gran facilidad. Esto se dio
hasta que doña Rosa descubrió las tretas del muy sin vergüenza, y los pollos
pasaron a mejor resguardo. Un día, no sé por qué circunstancias, “Reynard” zafó
de su grillete y desapareció. Como todo bicho acostumbrado a comer sin
sacrificios, por las noches volvía a su madriguera, hasta que se descuidó y
cayó en la trampa. Para apresarlo hubo que movilizar a toda la familia. Don
Eduardo ideó un lazo que engarzó en la punta de una vara muy larga, y tras
muchos intentos fallidos y una larga lucha con linternas y candiles, una noche
logró atraparlo. El temor era que el animalito comenzara a hacer estragos en
los gallineros del vecindario, razón por la que había que capturarlo y darle un
destino apropiado, tal vez largándolo a campo abierto lejos de la casa, donde
se desorientara y no regresara a su querencia.
A “Reynard” se
lo llevó don Eugenio Douglas, más conocido como “Chicharra”, que
circunstancialmente nos había comprado un chivo que le habían regalado a mi
hermano Pedro cuando trabajaba en la firma Sarbach Hnos. Como el chivo pasó a
ser una mascota de la casa ya no era posible carnearlo para consumo. Por esa
razón fue vendido a “Chicharra” que tenía un redil en la ex calle 2 de
junio. A raíz de la transacción del chivo, “Reynald” fue
incluido gratuitamente en la venta y “Chicharra” se lo llevó
encantado. Fue una despedida amarga, pero nos sacamos dos problemas de encima:
el chivo fue para reproducción, porque ya estaba pasado para consumo, y el
pobre “Reynard” se había vuelto muy rebelde y oloroso.
Un día “Reynard” volvió a casa, pero esa historia se las voy a contar a través de una carta que le escribió mi padre a su hermano John, cuando le daba detalles del caso, originado en el año 1963, cuando “Chicharra” tuvo un encuentro con seres extraterrestres en la localidad de Monte Maíz (Provincia de Córdoba) y cuyos detalles ustedes podrán encontrar en este sitio: http://www.visionovni.com.ar/modules/news/article.php?storyid=903
https://www.visionovni.com.ar/archivos/903
Mi padre en
su carta de noviembre de 1963 dice: “…Acá también se habla mucho sobre
los platos voladores. Me inclinaría por creer que existen realmente y que tal
vez provengan de otros planetas. Quienes dicen haberlos visto, más o menos
coinciden en la descripción. Al mismo tiempo hay historias inventadas. Un
camionero de acá dijo que vio uno cuando viajaba. Los diarios hicieron un gran
alboroto sobre el tema, pero la gente de Venado que conoce al protagonista, lo
único que atinó fue a reírse del asunto. Un periodista lo reporteó por radio y
le preguntó qué había sentido al ver el objeto. “Me cagué en los pantalones” respondió,
lo que es una manera de graficar el miedo o susto que siente una persona. El
abuelo de este paisano era escocés y él quedó huérfano cuando era muy chico, de
manera que tuvo una infancia muy golpeada. No obstante, obtuvo una precaria
educación… y entre otras actividades, se dedicaba a la cría de chivos. Una vez
vino a casa a comprar un chivo que le habían regalado a Peter y me contó toda
su historia… Un día el zorro entró a nuestra casa a toda velocidad y tras él
venía “el hombre del plato volador”. Aparentemente se había cortado la cuerda
con que lo tenía atado y logramos que “Reynard” ingresara al galpón seguido por
su dueño que estaba dispuesto a atraparlo. Simplemente voy a describir sus
movimientos, que eran cual si fuera un arquero de fútbol. Hizo varios amagues
para encararlo, pero cuando lo hacía hacia la izquierda, el zorro rápidamente
se desplazaba hacia la derecha, y así sucesivamente por aproximadamente media
hora. Finalmente le alcancé una bolsa y logró atraparlo. El espectáculo fue mejor
que el de un circo, y si alguna vez nos hemos reído a más no poder, fue ese
día. No recuerdo haberme divertido tanto como esa vez…”
[1] https://youtu.be/wY0iqHA-m4g
[2] Noi
en catalán quiere decir: Chico, niño.
Correspondencia
del señor José Luis Aramburu Iturrioz de España
viernes, 13
de febrero de 2015 15:55
Sr. Jose
Wallace: Buenas tardes. He leído las historias que escribe del barrio San Martín
de Venado Tuerto y sobre todo las que se refiere a Benito Albizu "El
Vasco". Creo que Benito Albizu que emigró a Argentina con otros 2 hermanos
Nicasio y Robustiano que tienen descendientes en Venado Tuerto, es el tercer
hermano al que no había podido localizar. Pero con su historia, que me ha
emocionado casi estoy seguro de que es él. Fue padrino de su sobrina, Eusebia
Albizu, en el bautizo en la catedral de Venado Tuerto el 9.10.1898. Benito
nació en Idiazabal (País vasco) España el año 1875 por lo tanto coincide con
los datos de 90 años que da Vd. Una pregunta. Benito no se casó, o no tuvo
descendencia? Le agradecería muchísimo si me informara sobre esta cuestión. Muy
agradecido por la historia de Benito Albizu y gracias anticipadas por su
atención. Para terminar mi esposa se llama María Carmen Iraola Albizu, que
sería sobrina-nieta de Benito. Gracias nuevamente.
viernes, 13
de febrero de 2015 19:25
Hola José:
Gracias por su rápida contestación. Pensaba ahora mismo mandarle otro e-mail,
para presentarme, pues en el primero se me olvidó poner mi nombre.
Me llamo
José Luis Aramburu Iturrioz, soy esposo de María Carmen Iraola Albizu,
sobrina-nieta de Benito. Aunque ahora vivimos en Mondragón, país vasco
-España, somos de Idiazabal, como fue Benito Albizu Yrizar. Este nació el
21.3.1875. Emigraron a Argentina 3 hermanos, Nicasio, casado con M.ª. Manuela
Aseguinolaza, Benito que no sabemos con quien se casó y Robustiano que se casó
con Canuta Urreta. Nicasio tiene descendencia en Venado Tuerto, con el apellido
Debernardi, no sabemos si tiene más y de apellido Albizu. Robustiano también
tiene descendencia en Venado Tuerto de apellido Albizu. Benito solamente tuvo
una hija? Le reitero mi agradecimiento y si tiene alguna historia más de Benito
"El Vasco" le agradeceré me lo cuente. Intentaré ver los dibujos que
hacia su padre. Saludos de José Luis.
sábado, 14
de febrero de 2015 14:06
Muy
estimado José Brendan: Le estoy muy agradecido por toda la información que me
está facilitando de la familia Albizu, sobre todo de la de Benito. Solamente
nos falta saber quién era su esposa, su nombre y apellido. Le agradezco que
mencione a Ana la farmacéutica, no me he relacionado directamente con ella,
pero si lo hizo un familiar por teléfono. Parece que su padre murió cuando ella
era todavía joven y dice no recordar cosas de sus ascendientes. Ella es nieta
de Robustiano Albizu, hermano de Nicasio y Benito. Estoy en contacto con los
descendientes de Robustiano, sobre todo con Carlos Dante Albizu de Venado
Tuerto, otros descendientes viven en San Eduardo. ¿Sus hermanas Eileen y
Patricia no recuerdan a Eusebia Albizu hija de Nicasio que se casó el
21.10.1920 con Alberto Debernardi? Creo que le estoy haciendo demasiadas
preguntas. Si le parece bien me contesta a las que pueda. Un fuerte abrazo, y
hasta sus próximas muy agradables noticias. José Luis
domingo, 15 de febrero de 2015 14:34
Estimado
Don José Brendan: En mi anterior mail se me olvido decirle, que sí que había
monedas de 5 pesetas, que se les llama DURO y que mucha gente calculaba los
importes en duros. Es decir, en lugar de decir 100.000 Ptas. que era la moneda
oficial lo normal era decir 20.000 duros. Nuestras abuelas anteriormente
sacaban sus cálculos en Reales, que fue la moneda anterior a la peseta. Después
vino el Euro actual. En cuanto a la esposa de Benito, quiero decirle que hoy he
hablado con Isabel Armesto (parecía muy mayor) y le he entendido que su abuela,
esposa de Benito, se llamaba Emilia Imaz. Nació en Idiazabal el 5.4.1871. Todo
lo que Vd. me pueda informar o contar de las cosas relacionadas con los
familiares de los Albizu le quedaré sumamente agradecido. Es un placer poder
comunicarse con personas cultas y amables como Vd. Ya he visto todos los
dibujos de su padre. Muy bonitos. Un fuerte abrazo. José Luis.
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| Elena Raczowski, María Ester Barroso, Shiela Wallace, Norma Barroso, Margarita Paulovic,Patricia Wallace, José Wallace, Olga Barroso y Miguel Raczkowski |
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| Hugo Alberto Touma Ascar, Norma Passera Calcagni (de Vidoret), José, Patricia y Shiela Wallace Mabel Passera Percichini, Cristina Passera Calcagni (de Molla) |
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| Emilia Touma Ascar, Eileen Wallace (con Patricia Wallace en brazos) Isabel Armesto Albizú (de Pioltino) y Shiela Wallace |
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| Norma Passera Calcagni, Cristina Passera Calcargni (de Molla), Mabel Passera Persichini, Patricia y Shiela Wallace |
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| Hugo Alberto Touma Ascar |
| José, Patricia, Shiela,Don Eduardo, Eddijohn y Donald con Mabel Passera |
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| Rodolfo Touma Ascar el día de su casamiento |
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| Doña María Ascar de Touma en el casamiento de su hijo Rodolfo |
| Familia Persichini. En la foto Adina Persichini con su esposo Américo Pássera |
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| José Wallace con Robertito Passera frente a la casa de Alem 545 |
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| Robertito Passera |
| Roberto Luis Passera (1959/60) |
| Roberto Passera me vino a visitar el 13 de abril de 2013, hacía 40 años que no nos veíamos. De niño vivió siempre en casa rodeado de mis viejos y hermanos mayores. Contaré anécdotas de "Robertito" |
| Eileen y Patricia Wallace y Emilia y Hugo Touma Ascar |
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| Nélida Arduino con sus tías Ramona y Agustina Cirila Varela |
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| Antonio "Tito" Arduino, Donaldo y Pedro Wallace |
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| Cristina Passera Calcagni (de Molla), Mabel Passera Persichini (residente en San Francisco, Cba.) y Norma Estela Passera (de Vidoret) |
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| Américo Passera y Adina Persichini en el 50 aniversario de su casamiento (San Francisco, Córdoba) |
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| Patricia Wallace, Norma Adela Passera Calcagni, José Wallace, Cristina Passera Calcagni (en brazos de Shiela Wallace) y Mabel Passera Persichini (en cochecito) |
| José, Shiela y Patricia con Mabel Passera |
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| Agustina Cirila Varela, Eileen Wallace y Nélida Arduino |
| Agustina Cirila Varela, Nélida Arduino y Eileen Wallace |
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| La Señorita Dora Iturbide con los niños Eileen, Pedro y Eduardo Wallace |
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| Mabel Passera Persichini |
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| El Padre Héctor Rolando Federico con fieles del Barrio San Martín |
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| El Padre Héctor Rolando Federico Con un grupo de colaboradores del barrio Entre ellos, véase agachado Víctor Valentín |
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| El Padre Felipe Ganz con colaboradores del Barrio San Martín |
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| El P. Héctor Rolando Federico con fieles del barrio |
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| El P. Felipe Ganz con feligreses del barrio |
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| Estructura de la carpa-capilla Hoy en ese lugar se levanta la Parroquia del Perpetuo Socorro |
| Actual Parroquia del Perpetuo Socorro edificada donde los PP Hanns y Federico misionaron en 1957 |
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| Cierre Misión de los PP Redentoristas - Mayo 1957 Lleva el estandarte Miguel Jové, junto a él los Padres Felipe Ganz y Héctor Rolando Federico |
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| Carpa levantada en EEUU y 3 de febrero por los PP Redentoristas Felipe Ganz y Héctor Rolando Federico Hoy se encuentra en ese lugar la Parroquia de Ntra. Sra. del Pptuo. Socorro |
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| "SALVA TU ALMA" en una gran cruz levantada en 25 de Mayo y Casey para el cierre de la Misión de los PP Redentoristas Mayo de 1957 |
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| Antonio Arduino "Tito" Agustina Varela y Nélida Arduino |
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| Antonio Arduino "Tito" (arriba del Ford T) con Donaldo Wallace (se van de pintada) |
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| Antonio Arduino, Miguel de Juan, Pedro Wallace, Fracnisco "Pancho" Varela y Eduardo Wallace. Atrás arriba del FT Donaldo Wallace |
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| Don Julián Contreras |
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| Los Wallace: Pedro, Eileen, Patricia, José y Shiela Otra vista de la amplia Avenida Alem y su alameda |
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| Elenco de teatro dirigidos por Patricio Whitty |
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| Frente al salón del Parque Español entre otros Don Andrés Casaponsa (portafolios en mano) y más a la derecha su jovencito sobrino Antonio "Tito" Arduino |
| Casa perteneciente a FFCC Argentinos donde habitó la familia Cerviño y posteriormente la familia Leone. La puerta del tapial era la entrada a la casa de la familia de Eusebio y Ramona Pedrola. |
| Parte de la antigua casa de la familia Colussi Alem y 2 de abril (ex Inglaterra) |
| En esta casa funcionó una comisaría. Se decía que el altillo era el calabozo donde alojaban los presos en tránsito |
| Vivienda de la familia Raczkowski |
| Vivienda donde habitó la familia Vaz |
| Viviendo que habitó la familia de Mariano Martín |
| Vivienda que habitó la familia Sedano |
| Vivienda de la esquina Alem y 2 de abril donde habitó la familia de don Severino Colussi |
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| Almacén de Don Kun - Chile y Juan B. Justo |
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| Lo que quedó del galpón de máquinas del Ferroarril |
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| Francisco Oscar "Pocho" Pettarin |
| Año 1955 - Campito de calles Alem y Uruguay De pie: Alfredo Touma, Walter Amaya, Rodolfo Colussi, Ángel Colussi y Miguel Raskowski En cuclillas: José Wallace, Juan Gándara y Ricardo D. |































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